¿Quién soy?

No existe una pregunta más trascendental ni difícil. Pero, la verdad, no se debe a que sea una pregunta particularmente compleja o mística, sino a que tenemos (acaso solo yo) miedo a traicionarnos con su respuesta, a que la vacilación nos empuje súbitamente a un abismo de dudas, ansiedad y desesperación del que no sabemos si podremos salir alguna vez. En dicho abismo caí, de hecho, tiempo ha, incapaz de dar una respuesta satisfactoria, deambulando a tientas en las tinieblas que se ocultan tras la máscara que ha constituido mi identidad durante tantos años. ¿Quién soy yo? He sido demasiadas cosas, aun para una edad tan prematura. Pienso, sobre todo, que he sido un embustero, un mentiroso, un distorsionador de la verdad… ¿Qué otra cosa es un artista? Mas, que no se me malinterprete: si he mentido, si he faltado a la verdad, ha sido únicamente porque me siento absoluta y sinceramente incapaz de discernir lo que es verdad, en primer lugar.

Soy biólogo, o quizás sería mejor, más exacto, decir que he recibido un título universitario de pregrado en biología, pues, ¿qué demonios significa “ser” biólogo? Es una pregunta que me tortura, francamente. He participado en investigación, particularmente en evolución y biología del desarrollo, y dicha experiencia, aunque excitante y emocionante, no ha hecho más que endurecer mi posición respecto al conocimiento científico, en tanto que, si bien lo valoro y lo aprecio como el más grande regalo de los dioses (recordemos a la Serpiente o a Prometeo), pienso igualmente que somos ingenuos siempre que lo aceptemos sin atisbo de duda, de escepticismo. Entonces, soy consciente de lo que digo cuando expreso mi reticencia a aceptar cualquier criterio como absoluto a la hora de discernir la verdad. ¿Existe la verdad? Nadie puede decirlo con certeza. ¿Qué es la verdad? Depende de a quién se le pregunte. Mas entonces, ¿cómo es posible el mundo, la sociedad, la historia, la civilización…? ¿Qué mundo? ¿Occidente? ¿El primer mundo? ¿El tercero? ¿La Ciudad de Dios? ¿El Edén? ¿El Nirvana? ¿La Matrix?… ¿Qué sociedad? ¿La familia? ¿La ciudad? ¿El estado-nación? ¿El hormiguero? ¿El bosque?… ¿Qué historia? ¿La de los vencedores?… ¿Qué civilización?…

Quizás, y pese a todo, hay para mí dos verdades ineludibles y un anhelo que escapan de todo mi recelo y mi hastío: mis dos verdades son el silencio y la belleza. Mi anhelo es la libertad. Considero al silencio y a la belleza como verdades porque soy su esclavo, y probablemente siempre lo he sido. ¿Existe algo más sublime que el silencio, el caos aberrante de la nada? De la belleza, por otra parte, ¿qué puedo decir, carajo? Es la razón fundamental de que haga lo que hago, de que crea en lo que creo. ¿Que qué es la belleza? Definir es limitar, y la belleza no tiene límites, o al menos yo no los conozco. Una puesta de sol, un amanecer, un día de lluvia, una tarde soleada en la montaña, el frío terrible del páramo, la sonrisa del ser amado, un beso inesperado, una mano amiga, todo aquello que nos recuerda que somos humanos, que nuestra vida es efímera y tanto más valiosa por eso… Todos hemos sentido la belleza de un modo u otro, unos en mayor medida que otros, supongo. Desdichado aquel que codiciando el placer ajeno olvida buscar en qué consiste el suyo propio.

Por último, he dicho que mi anhelo es la libertad, y no es poca cosa esto. Lo cierto es

que no tengo deseos de hablar de la libertad ahora mismo. Siento que su complejidad me supera por mucho, y además, no es el tema central del que he venido a hablar aquí. Mi interés no es ni mucho menos moralizar, pues acaso ¿quién soy yo para definir lo que es bueno y lo que no lo es? Y en eso, creo yo, radica toda la libertad humana: que cada quien defina el bien y el mal, y que responda por ello.

Así, pues, quiero terminar hablando sobre la razón de este escrito… ¿Por qué escribir? Para cualquiera será evidente que son muchas las preguntas aquí presentes. Quizás, alguien pensará, son preguntas estúpidas, evidentes, o simplemente irrelevantes. Pero lo cierto es que en mi experiencia como ser humano resultan ser preguntas fundamentales, preguntas que me han acompañado desde mucho tiempo atrás y que probablemente no se esfumarán en lo sucesivo. ¿Quién soy? Quizás nadie, quizás no tenga sentido esta pregunta en tanto que, como Borges aventurara en su cuento “El inmortal”, un solo hombre con el tiempo suficiente tiene el potencial de encarnar a todos los hombres. Escribo, pues, como un intento de adentrarme en el misterio que implica la sola existencia, lo que denomino la experiencia de lo humano. Cada día que pasa, con cada experiencia que acontece en mi devenir personal, con cada palabra que escribo, la pregunta más esencial tiene una respuesta distinta, un matiz diferente, una perspectiva única desde la cual puedo comprender de una manera holística lo que significa ser. Y es que “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos.” como bien lo describió siglos atrás Heráclito.

Quizás, al final, tan solo escribo para poder existir…

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