Hume el humano (Traducción libre)

Hume creía que no éramos ni más ni menos que humanos: por eso él es el filósofo amable, modesto y generoso que necesitamos ahora. 

Texto aparecido originalmente en inglés bajo el título Hume the humane, en:
https://aeon.co/essays/hume-is-the-amiable-modest-generous-philosopher-we-need-today
Por: Julian Baggini, escritor y editor fundador de The Philosophers’ Magazine. Su último libro es A Short History of Truth (2017).
Traducción libre hecha con fines puramente divulgativos. Todos los derechos y reconocimientos son únicamente del autor original (Julian Baggini). 

Sócrates murió bebiendo cicuta, condenado a muerte por los atenienses. Albert Camus halló su fin en un carro que se estrelló con un árbol a alta velocidad. Nietzsche cayó en la locura después de llorar por un caballo maltratado. La posteridad ama los finales trágicos, una razón por la cual el culto a David Hume, posiblemente el filósofo más grande que Occidente haya producido, nunca despegó. 

Mientras Hume yacía, a la edad de 65 años, en su lecho de muerte al final de una vida feliz, exitosa y larga (para la época), le dijo a su doctor: “Muero tan rápido como mis enemigos, si tengo alguno, quisieran, y tan fácil y alegremente como mis mejores amigos podrían desear.” Tres días antes de su muerte, el 25 de agosto de 1776, probablemente de cáncer abdominal, su doctor aun diría que él se encontraba “bastante libre de ansiedad, impaciencia o ánimo bajo, y pasa su tiempo muy bien con la ayuda de divertidos libros”. 

Cuando llegó el final, el Dr. Black dijo que Hume “estuvo hasta el final con el juicio intacto, y libre de dolor o estrés. Nunca dejó ver la más mínima expresión de impaciencia; y cuando tuvo la oportunidad de hablar con otros sobre él, siempre lo hizo con afecto y ternura… Murió en una feliz compostura de mente tal que nada podría superarla.” 

Mientras estuvo vivo la reputación de Hume fue principalmente como historiador. Su carrera como filósofo comenzó prácticamente inadvertida. Su primer intento precoz de sentar su nuevo sistema comprensivo de filosofía, Tratado de la Naturaleza Humana (1739-40), publicado cuando tenía 26 años, “cayó muerto de la prensa, sin alcanzar la distinción para siquiera producir un murmullo entre los fanáticos”, como luego diría él mismo, con exageración autodestructiva. 

Con el tiempo, sin embargo, su posición ha llegado al más alto nivel. Hace algunos años, se le preguntó a miles de filósofos académicos cuál era el filósofo no-vivo con quien más se identificaban. Hume fue el primer votado, por encima de Aristóteles, Kant y Wittgenstein. Los científicos, que comúnmente dejan poco tiempo para la filosofía, suelen hacer una excepción para Hume. Incluso el biólogo Lewis Wolpert, quien dice de los filósofos que son “muy listos pero no tienen en general nada útil que decir”, hace una excepción con Hume, admitiendo que en algún punto “se enamoró” de él. 

Con todo, el gran escocés (Hume) sigue siendo algo así como un filósofo de filósofos. No ha habido ningún libro popular exitoso sobre él, como sí los ha habido de Montaigne, Nietzsche, Sócrates, Wittgenstein y los Estóicos. Sus frases, no las de Hume, adornan pocillos y toallas de cocina, sus rostros observan desde los posters. Hume, en cambio, no ha salido de la preeminencia de la academia al clamor del público. 

Las razones por las que esto es así son precisamente las mismas por las no debería serlo. Las fortalezas de Hume como persona y como pensador hacen que no tenga esa clase de “marca” que vende intelectuales. En pocas palabras, Hume no es una figura romántica ni trágica; sus ideas no pueden destilarse en una “filosofía de vida” fácil de resumir; y su repulsión por el fanatismo de cualquier clase lo hacen demasiado sensible y moderado para inspirar la pasión en sus admiradores. 

Hume tuvo al menos dos oportunidades para convertirse en un héroe trágico y evadir el final alegre que eventualmente encontró. Cuando tenía 19 años, Hume sucumbió a lo que se conocía como la “enfermedad de los estudiados”, una suerte de melancolía que ahora llamaríamos depresión. Sin embargo, después de aproximadamente nueve meses, se dio cuenta de que ese no era el destino inevitable de los sabios, sino el resultado de destinar demasiado tiempo a sus estudios. Hume se dio cuenta de que para mantener la buena salud y el buen ánimo, era necesario no solo estudiar, sino hacer ejercicio y estar en compañía de sus amigos. Tan pronto como comenzó a hacer esto, recuperó su alegría y fue así por el resto de su vida. 

Esto le enseñó una importante lección acerca de la naturaleza de una buena vida. Como luego escribió en Investigación Sobre el Entendimiento Humano (1748); “La mente requiere algo de relajación, y no puede siempre soportar su inclinación hacia la preocupación y el trabajo.” La filosofía importa, pero no es lo más importante, y aunque es buena, uno puede llegar a tener suficiente de ella. “Pensamientos oscuros e investigaciones profundas yo prohibo”, dice Hume, “pues castigarán severamente, mediante la incertidumbre sin fin en la que te envolverán.” La vida “más acorde a la raza humana” es de una “clase variada” en la que el juego, el placer y la diversión importan tanto como los que percibimos como las “mayores” búsquedas. “Sé un filósofo”, aconseja Hume, “pero en medio de toda tu filosofía, sigue siendo un hombre.” 

En 1770, a Hume se le presentó también la oportunidad de ser un mártir, en circunstancias más bien extravagantes. El Nor’ Loch en Edinburgh, donde ahora se encuentra Princes Street Gardens, estaba siendo secado como parte de la expansión de la ciudad. Caminando por allí un día, Hume cayó en un pantano que aún permanece. Gritó pidiendo ayuda, pero infortunadamente para él, las mujeres que le oyeron lo reconocieron como “el gran infiel” y no se sintieron inclinadas a salvarlo. Hume razonablemente apuntó que todos los cristianos debían socorrer al prójimo, independientemente de sus creencias, pero la interpretación que ellas tenían de la parábola del buen samaritano no era tan pura como la de él, y se rehusaron a salvarlo a menos que se declarara cristiano ahí y entonces, rezando el Padre Nuestro y el Credo. 

Un Sócrates probablemente se habría rehusado y habría muerto en nombre de la verdad. Hume, no obstante, no estaba dispuesto a permitir que la estupidez de otros le costara la vida, de modo que hizo lo que cualquier persona debería haber hecho: aceptó lo que le pedían hacer sin ninguna intención de mantener su promesa. 

En esto, Hume siguió el ejemplo de único filósofo que puede rivalizar con Hume como el más grande de todos los tiempos: Aristóteles. He aquí otro filósofo cuya reputación entre los conocedores no podría ser mayor, pero que no ha logrado capturar la imaginación del público (aunque el reciente libro de Edith Hall, Aristotle’s way (2018) está intentando cambiar eso). No es coincidencia, creo, que Aristóteles también se haya rehusado a interpretar el papel de mártir. Como Sócrates, Aristóteles fue condenado a muerte por impío. También como Sócrates, a él le dieron la oportunidad de dejar la ciudad para salvarse. A diferencia de Sócrates, eso fue exactamente lo que hizo. De modo que mientras todos saben cómo Sócrates murió, pocos saben que Aristóteles, como Hume, murió en sus 60s, probablemente también de cáncer de estómago. 

De algún modo es perverso que el atractivo de una filosofía parezca estar directamente relacionada con lo miserable que la vida de su autor fue. No obstante, esa no es la única razón por la que hay pocos Humeanos fuera de la academia. La filosofía de Hume no es un sistema fácil de digerir, o un conjunto de reglas de vida. De hecho, Hume es ante todo conocido por sus tres tesis negativas. 

En primer lugar, nuestra creencia en la relación causa-efecto, sobre la cual descansan todos nuestros razonamientos sobre los hechos, no está justificada ni por la observación ni por la deducción lógica. Solo vemos una cosa que sigue después de otra: pero nunca observamos nada que haga que una cosa deba tener un efecto. Incluso si pudiéramos establecer satisfactoriamente que x causó y, la lógica no puede establecer ningún principio general de causalidad, dado que todas las regularidades que observamos en la naturaleza ocurrieron en el pasado, pero el principio de causa y efecto asumimos ha de aplicarse en el presente y el futuro. Lógicamente nunca podrías llegar una verdad sobre el futuro basado completamente en premisas que conciernen al pasado: lo que ha sido no es igual a lo que será. 

Hume no niega que la causa y efecto sea real. Simplemente no podemos razonar ningún hecho empírico sin asumir esa realidad, como sus propios escritos hacen con frecuencia. Sin embargo, lo que sí dejaba claro era que esta pieza vital del razonamiento sensible no podía establecerse ni por la razón ni por la experiencia. Todo esto es filosóficamente importante, pero difícilmente sería la fuente de inspiración para una frase de Instagram. 

Hume también es bien conocido por sus argumentos en contra de muchos aspectos de la religión, aunque nunca se declaró abiertamente ateo. Más notablemente, argumentó que nunca sería racional aceptar la declaración de un milagro, dado que la evidencia de que uno ocurrió siempre sería más débil que la evidencia de que tal cosa nunca ocurrió. Siempre sería más probable que quien presenció el milagro se hubiera equivocado o que mintiera a que el milagro realmente hubiera ocurrido. Pero, de nuevo, el escepticismo hacia la religión no equivale a una filosofía sustantiva, positiva. 

La tercera notable declaración negativa tiene la ventaja de un conmovedor eslogan, aunque uno algo opaco: “La razón es, y debería ser únicamente, esclava de las pasiones.” La razón por sí misma no nos da motivos para actuar, y ciertamente tampoco ningún principio sobre el cual basar nuestra moralidad. Si hemos de ser buenos es porque tenemos un sentido básico de comunidad que hace que respondamos con simpatía ante el sufrimiento de los otros y con placer ante la visión de su prosperidad. Quien no ve porqué debería ser bueno no es irracional sino cruel. 

Como muestran estos tres principios, la filosofía de Hume es esencialmente escéptica, y el escepticismo parece quitar más de lo que brinda. No obstante, entendido correctamente, el escepticismo de Hume puede, y debería ser la base de un enfoque completo de la vida. La filosofía de Hume está construida sobre los cimientos escépticos de una evaluación brutalmente honesta de la naturaleza humana, que podría ser la esencia del proyecto Humeano. No es accidental que su primer intento de asentar su filosofía se llamara Tratado de la Naturaleza Humana. La humanidad era su principal objetivo. 

Hume veía a los seres humanos como realmente somos, desnudo de toda pretensión. No somos unas almas inmortales temporalmente encarceladas en la carne, ni tampoco las mentes inmaterialmente puras que Descartes creyó probar que éramos. Los seres humanos somos animales – unos notablemente inteligentes, sí – pero animales al fin y al cabo. Hume no solo trajo a los seres humanos a la Tierra, también nos despojó de cualquier esencia. Yendo en contra de la idea cartesiana de que estamos conscientes de nosotros mismos como puros e indivisibles egos, Hume argumentó que cuando él hizo su introspección no encontró tal cosa. Lo que llamamos “yo” es apenas un “amasijo de percepciones”. Mira dentro de ti mismo, intenta encontrar al “yo” que piensa y solo observarás este pensamiento, esta sensación: un gusano, una molestia, un pensamiento que surge dentro de tu cabeza. 

Hume se hacía eco de una idea que fue articulada primero por los antiguos budistas, cuya visión del “no-yo” (anattā) es particularmente similar. Hume también anticipó los hallazgos de la neurociencia contemporánea que ha descubierto que no hay un control central en el cerebro, ningún lugar donde el sentido del yo resida. En cambio el cerebro está ejecutando constantemente un inmenso número de procesos paralelos. Lo que haya de ser lo más central a la conciencia depende de la situación. 

En cuanto a nuestro intelecto, Hume demostró cuán extraordinario podía llegar a ser, demostrando rigurosamente cuán imperfecto es en realidad. La razón pura, de la clase que celebraba Descartes, era ampliamente impotente. Sus demostraciones se restringían a pruebas referentes a “la relación de las ideas”, o la forma en la cual los conceptos se relacionan lógicamente entre sí. Así, puedes demostrar que 2+2=4 pero eso no te dice nada acerca de lo que ocurre cuando pones cuatro cosas juntas en el mundo, donde podrían aniquilarse, multiplicarse o fusionarse. Puedes demostrar que una Papisa mujer es una contradicción lógica, pero eso no anula la posibilidad de que una mujer podría liderar la Iglesia Católica: la evidencia antes que la lógica nos dice que la historia de la Papisa Juana es seguramente falsa. 

La mayor parte de nuestra “razón” es poco más que una “asociación de ideas” casi instintiva. Aprender de la experiencia es “una especie de Analogía” en la que esperamos que cosas similares tengan efectos similares. Es por eso que Hume no tenía problema al atribuirle razón a los animales. Ellos evidentemente “aprenden muchas cosas de la experiencia, e infieren que los mismos eventos siempre siguen de las mismas causas”. Nosotros no pensamos, por supuesto, que este aprendizaje involucre “ningún proceso de argumentación o razonamiento”. Pero entonces, tampoco lo hace la mayoría del aprendizaje humano –incluso el de los filósofos. Los seres humanos somos guiados principalmente por “costumbre y hábito”. 

Los humanos de Hume son por lo tanto criaturas de carne y sangre, de intelecto e instinto, de razón y pasión. La buena vida es, por lo tanto, una que hace justicia a cada una de estas características. Hume nunca dijo explícitamente en qué consistiría dicha vida, pero quizás hizo algo incluso mejor: la enseñó con su propio ejemplo. Hume estudió y escribió, pero también jugó al billar y cocinó un caldo de cabeza de oveja que hizo a sus invitados hablar durante días. 

Todos cuantos conocieron a Hume, con la excepción del paranoico y narcisista Jean-Jacques Rousseau, hablaron elevadamente de Hume. Y cuando pasó tres años en París, más tarde en su vida, fue conocido como “le bon David” (el buen David), su compañía era buscada por todos los salonistes. El Barón d’Holdbach lo describió como “un gran hombre, cuya amistad, por lo menos, sé valorar como merece”. Adam Smith, al escribir a su editor la noticia de la muerte de Hume, dijo, “Siempre lo consideré, tanto en vida como desde su muerte, como alguien que se acercó a la idea de un hombre perfectamente sabio y virtuoso, quizás tanto como la frágil naturaleza humana podría permitirlo”. 

Si Hume vivió una vida tan ejemplar, ¿por qué entonces no se le reconoce como tal? Una razón es que la filosofía moral de Hume, y con ella su concepción del bien, no es llamativa a primera vista. Otras filosofías morales tienen eslogans llamativos que expresan principios fácil de agarrar. “Actúa solo de acuerdo a esa máxima según la cual puedas, al mismo tiempo, hacer que se convierta en una ley universal” escribió Kant. Los utilitaristas tienen la línea de Bentham: “Crea toda la felicidad que puedas crear y remueve toda la miseria que puedas remover”. “Ama al prójimo como a ti mismo” dijo Jesús. Hume no abogó por ningún principio simple de moralidad, y no queda claro siquiera lo que significaba para él ser bueno. 

Para Hume la moralidad no se basa en nada más que en la “simpatía”: una clase de sentimiento hacia el otro que es cercano a lo que hoy conocemos como empatía. Los principios morales no pueden derivarse de deducciones lógicas, ni son eternos o inmortales principios inherentes al Universo. Hacemos el bien a los demás por la simple razón de que vemos en ellos la capacidad de prosperar o sufrir, y actuamos en concordancia. Alguien que no sienta tal simpatía es deficiente emocionalmente, no racionalmente. 

Pocos se han sentido satisfechos con esta forma de ver la moralidad. A muchos les parece que no es más que el principio de ser bueno si te nace serlo, y si no es así, no hay nada más que decir al respecto. Sin embargo, creo que Hume estaba fundamentalmente en lo cierto y que, lejos de llevarnos al pesimismo de la imposibilidad de la bondad humana, debería hacernos más optimistas de su posibilidad. Si la moralidad se basa en la pura razón, ¿qué esperanza podemos tener de que entenderemos y estaremos de acuerdo en lo que debemos hacer, dado que ni siquiera las mejores mentes de la historia han sido capaces de demostrar lo que la razón nos pide ni por qué? Y si la moralidad está basada en algún tipo de realidad trascendental extra-humana, estamos condenados al desacuerdo moral. Mas, si la moralidad está basada en nada más que la capacidad de reconocer los intereses del otro, eso es algo que todos podemos hacer. 

Hume era un gran partidario de prestar atención a la evidencia, y creo que la experiencia soporta su modelo de moralidad mejor que el de sus competidores. Los mejores seres humanos no han sido conducidos por ideología, filosofía moral ni, ciertamente, lógica alguna. Los mejores seres humanos siempre han sido gente que responde a las necesidades humanas por encima de todo credo o doctrina. De hecho, los peores crímenes han sido cometidos por gente convencida de un principio moral que los justificaba. El físico Steven Weinberg se equivocaba al decir que “para que la gente buena haga cosas malas se necesita de religión”: cualquier ideología basta para ello. 

Empero sospecho que la razón principal por la que Hume no es tenido como el parangón de la virtud es porque no encaja con los modelos heroicos de la mayoría de las civilizaciones. “Los grandes hombres” (dado que las mujeres lamentablemente rara vez han sido reconocidas con esa grandeza) o bien han sido líderes poderosos o santos dados al sacrificio. Ser excepcional es ser ante todo divino, tanto si se trata de una poderosa deidad mitológica o del Dios que murió en la cruz del Cristianismo. La excepcionalidad de Hume, en cambio, es la opuesta: él fue más humano que el resto, ni más, ni menos. Las virtudes que expresó no fueron extremos de cuidado o coraje, sino de quietud y amabilidad, modestia, generosidad de espíritu y hospitalidad. Y puede que suene a poca cosa, pero considera lo difícil que es vivir consistentemente expresando dichas virtudes. 

Celebrar una vida tal es difícil porque innegablemente depende de contar con privilegios. Muchos son los que luchan tan solo por sobrevivir, tantos los que viven en zonas en guerra, que no sorprende que prefiramos alabar aquellos cuyos actos de sacrificio pueden ayudar a otros. Pero la buena vida Humeana, como la de Aristóteles, apunta a lo que finalmente todo ese altruismo debe conducir. Queremos eliminar la pobreza, la enfermedad y la guerra de modo tal que la gente pueda vivir prospera y productivamente, como lo hizo David Hume. En un mundo mejor no necesitaríamos de héroes. 

El escepticismo es central en esta buena vida Humeana. No el excesivo escepticismo de Pirrón que suspende el juicio ante todo, sino un escepticismo “mitigado” que corrija nuestro natural dogmatismo. Hume se anticipaba a los descubrimientos de la psicología contemporánea cuando observó, “La mayor parte de la humanidad está naturalmente predispuesta a ser afirmativa y dogmática en sus opiniones; y mientras ven las cosas de una manera, y no tienen idea de la posición contraria, se lanzan precipitadamente a los principios hacia los que están más inclinados; y tampoco tienen indulgencia para quienes tienen posiciones opuestas”. He aquí el sesgo de confirmación y el razonamiento motivado al pie de la letra. 

Esta moderación fundamental es, según creo, otra razón por la que Hume nunca ha sido un filósofo popular. Simplemente es demasiado sensato. La sensatez y el equilibrio son vistos como algo aburrido, signos de falta de chispa u originalidad. Hume siempre desconfió de los que llamaba “los entusiastas” y quizás sea diciente el que ahora esta palabra tenga un significado unívocamente positivo. Haríamos bien en recordar que la palabra viene del griego entheos: tener un dios (theos) adentro. Ser un entusiasta en el sentido Humeano es olvidar que uno es humano y actuar, en cambio, como si uno fuera un dios, suficiente en razón y conocimiento como para confiar plenamente en lo que uno cree. 

Hume sabía que este error era todavía más probable cuando uno creía conocer a Dios y sus intenciones. En su ensayo “De la superstición y el entusiasmo” (1741) Hume describió cómo “la mente del hombre” está “sujeta a una exaltación y presunción injustificables”. En este estado mental la humanidad se sobrepone a sí misma, pensando que contiene lo divino. Esto da pie a una forma de “falsa religión” en la que “ninguna belleza o goce mundanal puede igualarse” y “todo lo mortal y perecedero se desvanece como indigno de atención”. El mejor remedio ante esto es abrazar completamente nuestra humanidad y, con ella, a la humildad, aceptando nuestras limitaciones. Los entusiastas seculares que elevan la racionalidad humana y la nobleza demasiado alto cometen el mismo error, creando una clase de religión sin dios de la humanidad, lo que resulta igual de pernicioso. 

Si alguna vez hubo un tiempo en la historia para volver sobre Hume, seguramente es ahora. Los entusiastas se encuentran al alza, en la forma de prohombres políticos populistas que afirman la voluntad del pueblo como si esta fuera absoluta y absolutamente infalible. En tiempos más serenos quizás usaríamos a Nietzsche para sacudirnos de nuestra complacencia burgués, o contemplaríamos los sueños platónicos de formas perfectas e inmortales. Ahora tales excesos filosóficos resultan indulgencias dañinas. El buen y poco común sentido es necesario ahora más que nunca. 

También necesitamos desesperadamente el tipo correcto de escepticismo para remplazar la indiferencia anodina y global que permite a la gente rechazar el cambio climático como si se tratara de un invento, o a los juicios de los expertos como conspiraciones. El escepticismo Humeano es un antídoto contra la arrogancia, no una receta para la inacción o una excusa para diferir el perjuicio. El escepticismo mitigado de Hume descansa en el principio de que debemos proporcionar nuestras creencias a la evidencia, no dudar del valor de ninguna de ellas. Hum no sería un escéptico del cambio climático, sino un escéptico de nuestra simplista suposición de que sea lo que sea que pase, estaremos bien. 

El problema para los seguidores de Hume es ¿cómo podemos ser entusiastas abocados de alguien tan opuesto al entusiasmo? Si la defensa por Hume ha de ser hecha en términos Humeanos, tiene que ser gentil pero elocuentemente argumentada. Más importante aun, quizás: tiene que ser demostrada. Los verdaderos amantes de la vida secular y razonable como Hume deben evitar toda condena histérica de la religión y de la superstición así como la alabanza optimista por el poder de la ciencia y la racionalidad. Deberíamos, en cambio, ser modestos en nuestras pretensiones filosóficas, defendiendo la simpatía humana tanto, si no más, que la racionalidad humana. Antes que todo, nunca deberíamos permitir que nuestra búsqueda por el conocimiento y el saber se interpongan en el camino de los delicados placeres de la comida, la bebida, la compañía y el juego. Hume presentó un estilo de vida gentil, razonable, amable: virtudes que rara vez se ven en la vida pública contemporánea.

15 de agosto de 2018 

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