Una mosca…

Una mosca revolotea por mi habitación, justo como durante noches aciagas ha revoloteado mi imaginación en torno de luces diáfanas y traslucidas, pero vivas y hermosas; aquella mosca de apariencia pueril, cuya persistencia y gracia me hace olvidar por breves, empero poderosos momentos el desagrado y la repulsión que la sociedad me ha enseñado que un ser tal debe producir, y permito que se pose tranquila en mi mano, sabiendo que a la menor señal de temblor se retirará, así que me esfuerzo por teclear suave y pausadamente, mientras la observo, siempre con un estupor indecible que se parece más al paroxismo que padece un demente que a la conducta meticulosa de un ser racional, como el que he creído ser durante años…

He dejado de escribir, en verdad, durante aproximadamente veinte minutos, en los cuales he reflexionado acerca de su presencia en este mi recinto, mi palacio de egoísta armonía, y he pensado que a pesar de haber compartido este espacio físico con otras entidades vivas, mi cámara más importante siempre ha permanecido rotundamente sellada para cualquiera; asimismo, he creído que su presencia aquí podría ser comparable con una especie de locura, puesto que no encuentro sinceramente objeto extraño o común que pueda atraer un ser tal, y aun cuando hubiera, no considero probable que atrajera un único individuo. Más todavía: he abierto mi ventana para permitir (como corrientemente se hace) que el insecto continúe con su ciclo vital fuera de mi morada. La ventana ha permanecido abierta por espacio de quince minutos ahora, y la mosca, suerte de epifanía mística, ha continuado en su incesante vuelo y descanso sobre mis manos, una y otra vez. Me pregunto si acaso yo mismo no me he comportado cientos de veces a lo largo de mi vida como esta mosca, volando mientras busco algo que no existe, posándome sobre peligrosos parajes y volando nuevamente instantes después; me pregunto si tal vez a mí también me habrán abierto una, o quizás mil ventanas gigantes, y si yo, en medio de mi locura o de mi estupidez no habré sido tan cobarde u obstinado como para evitar la salida a toda costa. Me pregunto si en verdad una vida humana (o incluso la humanidad entera) es más valiosa que la de esta simple mosca, pues, a fin de cuentas, todas las existencias que he conocido, humanas y no-humanas, consisten en un mismo ciclo, en la misma frenética carrera del nacimiento a la muerte, sin más. Pero como todos los juicios que con anterioridad he cobijado, estas nimias vaguedades no merecen más que ser tomadas como ramplonas y sin importancia. Al menos para mí no merece la pena pensar tanto en esos respectos.

Me parece sublime la sensación cosquillosa que me transmite esta mosca al tacto: me parece como si la finura de sus extremidades fuera potencialmente capaz de penetrar por mis poros, y tal vez acceder así a la cámara que nunca he abierto. Caigo en la cuenta de que esta sensación no me la produce únicamente esta bella mosca, sino que ha sido causada por una infinidad de seres que recuerdo vagamente ahora, y que es esta la única sensación corporal ominosa capaz de hacer que yo retroceda sobre mis pasos y repudie al ser que me la produce. Es increíble, simplemente increíble y hermosa a una vez la complejidad y la exactitud de mis sensaciones corporales, así como el preciso aparato que interpreta estas señales. Solo ahora considero que comprendo adecuadamente a Saramago cuando en su Caverna habla tan profusamente sobre “los cerebros que habitan en las puntas de los dedos de los alfareros”, pues frente a estas manos que tan

sensiblemente han reaccionado a la presión de una simple mosca no puedo sentir menos que una profunda emoción. Y esta emoción, que no en pocas ocasiones me ha hecho callar, no puede desprenderse menos que de la admiración que siento hacia la materia extrañamente viva.

La mosca aún revolotea, y aún se posa, y, en fin, aún sigue viva, aún tiene vida y lucha por retenerla, supongo, antropocéntricamente, que sin pensar en la ética, la política ni demás estupideces que acongojan las almas humanas. Me pregunto si sus sofisticados ojos compuestos le sirven para descomponer la realidad de tal forma que ésta no pueda resultarle tan ominosamente compleja como a mí me lo ha parecido en más de una ocasión. Tengo que preguntarme por su personalidad y por su carácter. Al igual que cientos de veces me he preguntado mientras miro a los ojos a mi perro, ¿podrá esta mosca saber de sonrisas y enojos? La Ciencia afirma fehacientemente que no es posible siquiera, y aunque para mí resulta irrelevante si yo mismo creo o no en esta afirmación, quisiera que simplemente no fuera cierta; quisiera poder saber que esta mosca pasa junto a mi oído una y otra vez para llamar mi atención… Pero, basta por ahora de nimiedades…

La mosca, luego de aproximadamente hora y media, ha salido por la ventana que permanece aún abierta; su partida me es indiferente, de la misma forma en que supongo que mi permanencia aquí lo será para ella. Me pregunté por un instante si iría tras de ella, y ahora me pregunto si algún día yo seré capaz de encontrar una ventana tan grande. Me pregunto si, de encontrarla, no temeré el fuerte viento o la claridad de los colores…

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