La hija del Rey Luna

Hace un largo, larguísimo tiempo me fue contada una historia de una princesa que, por un cruel azar del destino, había nacido jorobada. Y sin embargo, su rostro ha sido recordado como uno de los más bellos que jamás haya atestiguado el mundo. De tez marmórea y cabellos oscuros como la noche, sus ojos extrañamente verdes y pálidos eran demasiado expresivos, y la gente a menudo tenía la impresión de que, al mirarlos, una parte de sus corazones quedaban atrapados para siempre en aquellos ojos de aceituna.

Por desgracia, su madre había fallecido pocos meses después de su nacimiento, y el rey, su padre, no veía con buenos ojos a aquella princesa gibosa que con cada mirada parecía atravesarlo con la más dura espada, por lo que encargó su cuidado al mago real, haciendo caso con ello a la última petición de la reina antes de morir.

Arsgald, que así se llamaba el mago, no quiso sin embargo encargarse de una infante, y mucho menos de una mujer, y delegó así el cuidado de la pequeña princesa en su ama de llaves, a quien le dio la impresión de tener ante sí a una pequeña joya, maravillosamente hermosa, aunque irremisiblemente estropeada.

El tiempo pasó, y la princesa creció con paciencia, casi con resignación. Su nana le había enseñado a disimular su joroba con gruesas capas de terciopelo y seda que realzaban el porte real y casi místico de su rostro. Y todo hubiera ido bien para la princesa, de no ser porque cuando se presentaba ante su padre, este no podía evitar ocultar su mirada perpetuamente dolorida y su fijación obsesiva por la joroba de la princesa.

Una noche, pues, en la que el frío viento del este arreciaba con bravura, y la luna llena aparecía claramente en el cielo, entre las montañas orientales, la princesa cenó con su padre. Y como siempre en esas ocasiones, la velada transcurría silenciosa, con gran tensión. Simplemente incómoda. De pronto, la princesa miró a su padre y tomó aire como para decir algo, pero este la interrumpió crudamente. “Voy a casarme” dijo sin siquiera mirarla a los ojos. “Es mi deseo dejarle mi reino a alguien competente. Tú… Podrías recluirte en el convento y llevar una vida monástica. ¿Por qué no?” Y al decir estas últimas palabras su padre por primera vez la miró a los ojos, y su aspecto era el de un hombre cansado de luchar contra sí mismo, y que sin embargo había perdido esa pelea.

Más que las palabras de su padre, había sido esa mirada cansada y apocada la que había causado un desmoronamiento en el interior de la princesa, obligándola a retirarse del comedor y dirigirse a la torre del mago, donde se encontraba su habitación. Abrió la ventana de par en par y respiró profundamente el frío aire. Comenzó a sollozar. Entonces la princesa cayó en un embotamiento que confundió con sueño, y solo así pudo explicar lo que comenzó a pasar. Pues la luna hasta entonces tan brillante se vio oscurecida de repente por un velo oscuro de nubes, y cuando la princesa levantó la mirada extrañada en medio de la oscuridad, notó que tras de sí, en su habitación, una suave luz argentina lo iluminaba todo. Al girar, se topó con un hombre majestuosamente ataviado, con una piel y un cabello tan brillantes que parecían hechos de plata. Sus ojos refulgían dorados, y su sonrisa afable parecía querer consolarla.

“Calma, niña mía, no tengas miedo” dijo con una voz de cristal tan pura como el canto de las aves crepusculares. “Soy el rey Luna, soberano del país de la noche, y tu padre. Tu verdadero padre” En aquel momento Arsgald prorrumpió en la habitación atraído por la luz de plata que se colaba por los resquicios de la puerta. Mas, en cuanto entró la habitación había quedado ya envuelta en tinieblas y penumbra. La princesa yacía dormida en el suelo de su habitación y en cuanto se despertó, no pudo recordar nada de lo que había sucedido, aunque tenía la sensación clara de que había recibido una muy grata visita.

Durante los siguientes cuatro días la princesa no salió de su habitación, aduciendo un tremendo cansancio, y cada noche se acercaba a su ventana a contemplar la luna llena, sin saber exactamente porqué. Hasta que, una noche, mientras dormía, la princesa vio en sus sueños al rey Luna nuevamente. Esta vez, el rey invitó a su hija a su reino, el país de la noche, en donde no tendría que temer más el rechazo o la violencia del mundo. Donde reinaría por siempre junto a su padre y sería recordada como la princesa más bella que nunca jamás hubiera existido.

No obstante, el camino no era fácil. Tendría que atravesar las montañas orientales hasta alcanzar el Gran lago, y luego bañarse en sus aguas heladas y oscuras. Esa misma noche la princesa emprendió el camino, con el corazón firme y el alma alegre.

Poco después Arsgald se acercó a la habitación de la princesa, llevando entre sus manos una bandeja llena de manjares. Por primera vez el mago sentía un vivo interés en la hija del rey, pues podía intuir en ella una energía especial y arcana, aunque todavía no era capaz de especular siquiera sobre la naturaleza o la causa de esta intuición suya. Lentamente el mago abrió la puerta, y con gran sorpresa notó que la princesa no se encontraba allí. Entonces vio la ventana abierta y se acercó a ella, dejando la bandeja de comida en la cama destendida. La luna brillaba enorme en el este, aunque algunas delgadas nubes parecían querer cubrirla como delicados velos de fina seda negra.

Arsgald no lo pensó dos veces y se arrojó por la ventana mientras llamaba a los espíritus del aire para que detuvieran su caída. Las nubes en el cielo se hicieron más y más gruesas, hasta que el mundo quedó inmerso en la oscuridad y fue azotado por el viento. Una gran tormenta debía estallar pronto en las montañas orientales. El mago vagó a tientas, sin saber exactamente qué hacer. ¿Le dolería al rey perder a su única hija?, se preguntó mientras recordaba prontamente la acritud con la que el rey recibía cualquier comentario de aquella princesa jorobada. Mas, ¿quién sabe? Hay quien solo es capaz de amar y valorar lo que para siempre ha perdido, quizás porque la nostalgia es con seguridad un gran lente bajo el cual todo parece grato y querido, quizás porque, allanada la memoria de feroces sentimientos, estamos dispuestos a ponderar lo pasado con una balanza mucho más delicada… Pero Arsgald conocía bien a su rey, y sabía que él no era de los que echara en falta nada, y menos aun a una hija maldecida.

Así que el mago supo que si hacía esa búsqueda, era menos por lealtad a su rey que por su bien dispuesta curiosidad. La princesa bien podía irse al diablo, pero, ¿qué era esa magia que él había sentido en ella? No podría descansar hasta saberlo.

Por su parte, la princesa recorría la sabana a una velocidad vertiginosa, como arrastrada por una fuerza sobrenatural. El fuerte viento apenas impedía su marcha, acariciando sus cabellos y refrescando sus mejillas. Sentía una gran excitación al imaginarse sentada junto a su verdadero padre en ese trono inmaculado y argénteo que le estaba reservado desde siempre en el país de la noche.

Atrás quedó el castillo y la ciudadela, así como los verdes campos que de niña solía visitar con su ama de llaves en las frescas mañanas de domingo, cuando los mercados estaban atestados y ellas aprovechaban para caminar tranquilamente por todos aquellos caminos que eran, según decían, anteriores al castillo y al hombre mismo.

La princesa comenzó a subir la montaña, adentrándose en un bosque frío de robles y pinos. La gruesa capa de hojarasca le hacía sentir que caminaba sobre gruesas y blandas colchas. Allí adentro no había ya viento. Pero podía escuchar claramente el clamor de los ríos poderosos que descendían, como poderosas bestias, por múltiples sendas a través de toda la montaña y que, cuando se desbordaban durante la época de lluvias, formaban inmensos lagos en varios puntos de la sabana, de donde se obtenían los pescados más deliciosos que se pudieran probar alguna vez. Por primera vez flaqueó su corazón, en parte por el miedo que le producía la oscuridad de la noche, en parte por la nostalgia que le producían todos aquellos felices recuerdos de su vida en el castillo y en la sabana. El cansancio invadió sus piernas repentinamente, y sintió ganas de sentarse a descansar por un momento.

Entonces el cielo se abrió brevemente, y dejó pasar un poderoso haz de luz lunar. Arsgald vio esto y supo que se trataba de la princesa. Algo había ocurrido con ella que había provocado ese cambio repentino en el cielo. Se apresuró a seguir la dirección de la luna. Pero no bien hubo decidido esto, el cielo volvió a cerrarse ominosamente, y el mundo de pronto fue un mar de confusa oscuridad en el que las siluetas de las montañas eran tan solo una intuición, un recuerdo de su majestad y su grandeza. “Allí solo moran los dioses” Pensó el hechicero, y de inmediato su corazón dio un vuelco en su pecho. “Y la princesa corre a su encuentro”. Envalentonado por esta revelación, aceleró el paso.

Arsgald pensó en la princesa. En realidad nunca se había fijado detenidamente en ella. Casi había ignorado su existencia durante todos esos años. ¿Se arrepentía? No lo sabía. Su misión había sido siempre aconsejar prudentemente a su rey para el bienestar de su reino. Y en esa misión la princesa era apenas un accidente –un cruel y retorcido accidente– del azar y la casualidad. Pero la reina la había dejado a su cuidado antes de morir. ¿No le debía acaso lealtad a quien con tanto fervor lo llevó a él, un triste mendigo acosado por oscuras visiones, a la corte del rey? Sintió náuseas mientras se acercaba a la falda de la montaña, la atmósfera fría le pareció inusitadamente asfixiante. ¿Y qué si acaso la princesa encontraba a los dioses? ¿Se enfrentaría él contra ellos para arrebatársela y llevarla como su prisionera al castillo (si es que acaso era posible)? “No”, pensó, “yo también quiero conocer a los dioses” se dijo mientras recobraba lentamente su valor.

Pero el ascenso resultó una verdadera pesadilla para el hechicero. Era como si los elementos le dieran la espalda por primera vez en su vida, y le impidieran así que subiera, a propósito. Las quebradas se desbordaron y se volvieron ríos de ineluctable violencia, los pinos, los eucaliptos y los robles crujieron sobre cabeza, como sombríos y amenzantes espectros guardianes, y la luna apareció, burlona, apenas el tiempo que dura un parpádeo para enseñarle a Arsgald el rostro de quien le plantaba pelea.

Pero Arsgald no había pasado de mendigo a hechicero real por su cobardía o debilidad. No. En su lugar, el mago reunió toda su fuerza de voluntad y, como si cabalgara una yegua arisca, ordenó a los vientos y los ríos que cejaran en su voluntad de destruirle. Reticentes y celosos, los elementos obedecieron apenas el tiempo necesario para que Arsgald pudiera subir hasta el filo de la montaña, el umbral tras el cual, ocultos en la oscuridad, moraban los dioses a los que él y todos los magos debían pleitesía y reverencia.

La tormenta se reanudó con mayor fuerza si cabe, y el hechicero se vio amenazado a caer al vacío desde la gran altura. La lluvia venía de todas las direcciones y el viento era un rugido furibundo de caos y abominación. El mago, atónito, se aferró al suelo rocoso del que parecía manar toda el agua del mundo. Y las rocas cortaron y mancillaron sus manos, llevándose su sangre en el caudal del diluvio. Entonces, en medio de la insondable oscuridad de los yermos y desolados páramos que coronan el mundo, un relámpago abatió el firmamento revelando ante el mago por fin los rostros informes de esos dioses primigenios a los que ningún humano puede pretender dominar. Arsgald lo supo inmediatamente, y sus lágrimas manaron de sus ojos como confirmación de su humildad. “Mi sangre y mis lágrimas son un vano sacrificio para ellos, que crean y destruyen el mundo a su voluntad”.

Un segundo relámpago rasgó el velo de la noche como una poderosa saeta, y entonces, allende la cuchilla en la que se encontraba el hechicero, Arsgald vio finalmente a la princesa, de pie en una roca de gran altura justo junto a una oscura laguna cuyo final no alcanzaba a divisarse. Una vez se hubo esfumado el relámpago, una pequeña figura apareció sobre la laguna, y la luz que emanaba de ella era tan intensa que Arsgald casi podía ver el paisaje entero como en el más claro de los días. Era un hombre de mediana estatura, y tendía sus brazos abiertos a la princesa, paternalmente. Entonces el hechicero vio que la princesa, torpemente, daba un paso al frente hacia la laguna, y un cruel escalofrío recorrió su espalda. Un grito murió en su garganta, y fue de nuevo la oscuridad.

La tormenta cesó repentinamente, y el hechicero bajó la montaña dando traspiés continuamente. No sabía qué debía hacer ahora. Ahora que ella se había ido, lamentaba no haber comprendido nunca lo que la reina estaba encomendando en él. “Un regalo de los dioses, despreciado por mi patética arrogancia”, y su rostro se bañó en amargas lágrimas de desesperación. Y sin embargo, las nubes pronto se dispersaron, y la cálida luz amarillenta de la luna le iluminó de frente. A su lado, una nueva estrella, nunca antes vista por Arsgald parpadeó alegremente. “Regresa, pues, a tu verdadero reino, frágil criatura. Allá, lejos de las odiosas miradas de los hombres, y donde en medio de la suave oscuridad has de brillar perennemente”, murmuró adolorido.

Dicen que el hechicero escapó de la corte, y que erró por ignotos y peligrosos lugares, buscando siempre una nueva oportunidad para hacerse digno de un nuevo regalo de los dioses. Y cuentan que en noches oscuras y aciagas, en las que el viento sopla con violencia, sus hechizos recorren la sabana y entonces las estrellas brillan con mayor intensidad, y la Luna sonríe, porque sabe que su hija es por todos admirada.

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