Aves en el desierto

Aquel paisaje había cautivado su alma desde el momento en que lo concibió; no pudiendo, pues, desde entonces vivir por algo más que no fuera ese paisaje, desprovisto de todo encanto y, no obstante, lleno de esa austera belleza a la que tan seguramente se refieren los ascetas cuando hablan de la Divinidad. Y allí, justamente, se encontraba ahora ese errabundo ser de mirada franca y cuya frente clareaba de tal modo que daba la sensación de que solo el haber llegado hasta allí bastaba para poder deshacer todas las sombras de su carácter decididamente nostálgico y solitario.

Pero habían pasado ya tres días desde que pisara aquella arena, y se había decidido a entregarse a ese cielo en el que el sol resplandecía abrasadoramente; y con la misma pasión con que los místicos emprenden la inacabable búsqueda espiritual que les es propia, el sujeto, sin ninguna otra ambición más que estar ahí donde estaba, ni ninguna sabiduría particular, decidió que aquel magno desierto de arena blanca y resplandeciente como la nieve, debía ser su exigua y sacra tumba, puesto que, después de un anhelo tan insistente y obsesivo como el que había padecido, haber encontrado ese lugar añorado no podía significar menos que la finalidad entera de su existencia, y ahora, pues, era incapaz de imaginar otra nueva vida fuera de aquel desierto.

Y le tomó, ciertamente, un cuarto de día aproximadamente para poder comprender esto. Luego se aproximó a la cima de una gran colina de arena, dejó a un lado el pesado morral de viajero que siempre lo había acompañado, descubrió su cabeza del gran sombrero que le protegía de la furia del día, y se sentó tan tranquilamente que quien hubiera podido observarlo entonces, no habría podido pensar mínimamente que aquel hombre estaba irremediablemente loco, sino que, por el contrario, debía ser una especie de iluminado.

Anocheció, como es de suponer; y el hombre no se movió en absoluto de la posición que había adoptado, con las rodillas reclinadas y los brazos extendidos hacia atrás, mirando fijamente el horizonte que parecía a cada instante devorar la luz del día, creando deliciosos y peculiares juegos de colores en el firmamento. No sentía ahora, como antes había sentido, la necesidad imperante de cerrar los ojos para poder sondear los inescrutables recovecos de su alma, pues todo cuanto tenía necesidad de vislumbrar, podía observarlo a la perfección en cada línea, en cada trazo de luz y de sombra que veía en el cielo.

Fue así como, al observar en una región particular del cielo crepuscular, vio, aunque mejor sería decir que creyó ver una leve turbación en el aire al principio, y un batir de alas después. Nunca creyó posible que en aquel desierto incorrupto pudiera aparecer una forma de vida tan sensible como un ave, pero con cada instante que transcurría, el hombre se convencía más de que no podía ser una ilusión. Observó aquel ser con una profunda curiosidad, completamente impasible. Era una criatura singular, parecida a un cuervo, de plumaje completamente negro, pero con ciertos reflejos azulados que le conferían a cada pluma la apariencia inefablemente fantástica de ser una hermosa y mítica joya, tan delicada y tan fuerte como el diamante. Sus ojos no podían ser menos hermosos: dos esferas vidriosas y azuladas, en cuyo interior se debatían un sinfín de bellos resplandores, nostálgicos pero feroces, portadores quizá de toda la sabiduría que el hombre en su arrogancia jamás podría aspirar siquiera a vislumbrar.

Poco a poco, la misteriosa y divina ave frenó su vuelo, y descendió tan majestuosamente que el hombre supo de inmediato que se encontraba ante un heraldo de los dioses, y sintió que era indigno de tal prodigio, por lo que cubrió su vista con su mano derecha, creyendo que así evitaría al Hado maravilloso que le visitaba; pero nada podía ser más lejano de la realidad, pues el ave del crepúsculo no desapareció como hubiera deseado aquel sujeto sencillo que ahora renunciaba a la contemplación de la máxima Belleza.

El ave permaneció inmóvil por largo rato, hasta que el hombre al fin decidió descubrir su vista, y al encontrar aquellos ojos refulgentes puestos sobre él, sintió como si una abrumadora fuerza lo estuviera instando a despojarse de todo aquello que lo ataba, a revelar su alma sobre alguna etérea y desconocida película en la que encontraría sus verdaderos colores, y así lo hizo, al instante, sintiendo una fatiga desasosegadora. Y pudo verse a sí mismo en toda su dimensión, con todas sus debilidades, todas sus mentiras, toda su ignorancia y su vaciedad, y, en el fondo de toda aquella inmundicia pétrea, distinguió, aunque con gran dificultad, un algo indescifrable que parecía ser oro, pero que no podía ser más que simple oropel…

Solo pasaron unos breves momentos antes de que el hombre pudiera volver del estupor que aquella revelación le había provocado; entonces agachó la mirada, exhausto, y notó que de sus mejillas duras caían con dulce armonía algunas pequeñas lágrimas que oscurecían la arena como solo el dolor de la verdad ensombrece los rostros humanos. Rendido, sin duda, cayó dormido durante el resto de la noche, incapaz de retener cualquiera de las imágenes fugaces e inconexas que pasaban por su mente en forma de sueños, atormentado por el intenso frío del desierto, pero, en fin, impasible como era su propio espíritu.

En cuanto el alba despuntó, el hombre se despertó lenta y macilentamente, con movimientos armónicos que daban cuenta del gran descanso que había obtenido. Bebió un poco de agua de su cantimplora hecha con una enorme semilla vegetal hueca, y se dispuso, como el día anterior, a meditar pasivamente. Frente a sus ojos pudo ver claramente los recuerdos del ayer, pero esta vez, precavido y prudente, fue capaz de enfrentarse a sus visiones, sintiéndose, así, en alguna medida, más seguro.

El sol ascendió parsimoniosamente, y cuando estuvo cerca de su cénit, el hombre se sintió agobiado por el calor, y se vio obligado a abrir los ojos para buscar su cantimplora. No obstante, no solo no encontró su cantimplora, sino que además vio, no muy lejos de donde se encontraba, un maravilloso oasis de hermosura sin par, en cuyo centro brillaban con toda claridad las límpidas aguas de un estanque. Persuadido, pues, por la sed, emprendió camino en dirección al oasis.

Al acercarse, una criatura descendió del cielo y picoteó la arena bajo sus pies. Era una nueva ave, dorada y con los ojos claros como las límpidas aguas del oasis. El hombre, sediento, avanzó sin prestar atención a su anfitrión y, una vez frente al fino espejo de agua, se dejó caer de rodillas, llenando sus manos con el precioso líquido. El ave de oro lo observó con paciencia, pero en cuanto el hombre hubo saciado su sed, la criatura abrió sus alas y saltó directamente a la laguna, justo enfrente del hombre. Comenzó a nadar. Inmediatamente las ondas producidas en las aguas comenzaron a retratar varias imágenes que sin duda pertenecían al pasado del hombre: imágenes de edificios carentes de significado, como cadáveres que atestiguaran la decadencia de los espíritus que los originaron; sonrisas hipócritas, despreciables y despreciadas; árboles lúgubres elevándose sobre el interminable callejón que era su falta de perdón… Un trono de esmeralda resplandecía entre la fétida niebla del desdén y la arrogancia. ¿Era ese su trono acaso? Pero él no había tenido un trono jamás. Y sin embargo, por alguna poderosa razón le resultaba imposible no imaginarse sentado allí, como atado por una fuerza tan ajena como ineludible para él.

La mítica ave volvió a abrir sus alas con parsimonia, obligando al hombre a posar su mirada sobre sus ojos casi transparentes. Había algo en aquellas profundidades divinas. Un regalo precioso, aunque doloroso: allí, en esa transparencia sin límite, allí donde no brillaba luz alguna pero tampoco podría asegurarse que reinara la oscuridad, se encontraba una suerte de fragua arcana. Y al descubrirla, el hombre supo de inmediato su propósito. Los ojos del ave ardieron repentinamente con furor e ímpetu. El hombre cerró los suyos, lleno de temor. El ave batió sus alas sobre el rostro del reducido hombre, y él supo que su resistencia resultaba blasfema. Ahora creía saber por qué había llegado hasta esos remotos y solitarios parajes.

El hombre abrió lentamente sus ojos, y en cuanto encontró las inmensas llamaradas que el ave de oro despedía a través de sus ojos, un intenso dolor lo invadió. Su alma viciada fue puesta en la fragua, y la inmundicia desapareció incinerada. Solo sobrevivió una pieza que parecía dorada, pero que al contacto con las llamas reveló su color plomizo y triste. Entonces el ave cerró lentamente sus ojos y agachó su delicada cabeza hacia el suelo. Pareció debilitarse. Y el hombre, lleno de piedad y amor por la criatura que ahora se presentaba frágil, la tomó entre sus manos y la estrechó contra su pecho, sintiéndose alivianado.

Súbitamente sintió un escozor demencial en sus manos. Los ojos del ave estaban nuevamente abiertos, y su fuego era mucho más intenso que antes. Sus alas se abrieron majestuosamente y el ave se elevó en el firmamento hasta que fue uno solo con el sol y, entonces, las llamas envolvieron por completo al ave, transmutándola junto con la infame pieza de plomo que aún yacía en la fragua. El hombre cayó desmayado.

Y al despertar, descubrió que en su mano derecha, la misma con la que sostenía entonces su cantimplora, se hallaba la inscripción inconfundible de un cuervo dorado con las alas abiertas, contrastando evidentemente con su piel morena y tostada por el sol. El oasis había desaparecido. Así que esta vez decidió caminar hacia el oeste, justo hacia donde recordaba haber llegado. Pero los días se sucedieron, sin que consiguiera encontrar las enormes rocas que habían marcado el inicio del desierto. La comida se terminó. El agua se convirtió en una necesidad.

Entonces, durante el ocaso de un día, cuando el hombre se preparaba para pasar la noche, observó que algunos metros delante de él yacía una criatura muerta. El hombre sintió terror al intuir lo que encontraría. Los latidos de su corazón oprimido producían un eco trémulo y hueco. Avanzó algunos pasos con determinación y firmeza. Ahora podía verla. El cielo pareció perder algo de su esplendor al tiempo que el semblante del hombre se llenaba de gravedad y solemnidad. ¿Se trataba de un presagio? Él, ciertamente, no temía la muerte, y, para ser justos, hasta hacía dos días había estado seguro de que era todo lo que le quedaba por esperar. Pero, los dioses le habían hablado de su arrogancia, de su culpa, de su insignificancia.

Delante suyo, tendida y parcialmente cubierta por la arena, se hallaba una imponente águila de apariencia marmórea y pico de plata resplandeciente. El fino plumaje parecía tallado con tal maestría que el hombre podía aún imaginarla sobreponiéndose a los vientos y dominando los cielos.

Allí yacía ahora. Muerta. Desdibujada de la realidad.

“Dios…, descansa” pensó el hombre. Y acto seguido tomó a la hermosa ave entre sus brazos y derramó copiosas y sinceras lágrimas de piedad sobre el cuerpo inmaculado de la criatura. La noche cayó de repente y las tinieblas envolvieron al hombre que se aferraba desesperadamente al águila muerta que de improviso abrió los ojos y llenó con su luz todo el lugar.

Sorprendido, el hombre se arrojó hacia atrás solo para ver frente a sus ojos el espectáculo de la resurrección de aquella divinidad. Mas, ahora no sentía miedo. Tampoco sentía ansiedad. Solo lo dominaba una sensación de amor y agradecimiento que era mucho mayor –en su opinión– a su propio ego, que lo llenaba y lo superaba, lo desbordaba en un éxtasis inefable que por su sola condición era inmerecedor de cualquier razonamiento que sobre él se intentara hacer.

Comprendió.

Y en su comprensión pudo deshacerse de sus ilusiones. Y vio que el desierto era su propio ser.

Entonces el águila batió sus alas con tal fuerza que las arenas comenzaron a moverse en una furiosa tormenta, y el hombre, extático e impasible, fue arrastrado por ellas, disolviéndose, transformándose, entendiendo.

Y en esas costas nítidas de murmullos indelebles, despertó.

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