Mortdieu

– Naturalmente, en aquellos momentos no podía decir que su nombre era mortdieu, pues no conocía aún el hermoso cuento de Bear, Petra, si lo recuerdo bien. No imaginas, sin embargo, lo feliz que fui en cuanto supe que así se llamaba; pues había mantenido este sentimiento profundo latiendo en cada una de mis fibras, en cada diminuto átomo de mi cuerpo durante más de quince años, sin poder referirlo, sin poder decir nada de él que no fueran balbuceos sutiles e inconexas nominaciones, carentes de todo significado para quienes nunca han sentido lo mismo que yo. Y solo una vez conocí a alguien que compartía este sentimiento. Por desgracia, él era harto más sensible que yo, y mortdieu lo arrastró sin piedad a ese agujero de la locura cuya única salida es el suicidio.

»En realidad, el nombre es lo de menos, ¿sabes? Ahora que pienso al respecto, me resulta extraño no haber podido describir antes este sentimiento tan particular. Veo que has dejado de comprenderme, je je. Pues bien, verás, a lo que me refiero es que mortdieu es tan sencillo y a la vez tan complicado como el amor: tiene tantas facetas, se expresa de tan diversas maneras y es suscitado por cosas tan dispares que puede confundir a los inexpertos. Pero una vez se ha experimentado y se ha adquirido cierta consciencia de él, adquiere una dimensión unívoca que no se puede eludir, contra la que no vale la pena intentar resistirse. Sabes que, bien sea ante un televisor como ante una gris mañana en la Plaza de Lourdes, mortdieu te corroe las entrañas por igual.

»…

» ¿Que por qué decidí nombrarlo mortdieu? Permíteme contarte (intentaré no demorarte demasiado) el día en el que descubrí al fin que este era un sentimiento propiamente dicho, en su propio y único derecho.

»Ocurrió hace ya varios años, cuatro o cinco, quizás. Era entonces un muchacho incluso más ingenuo de lo que ahora soy. Imagínate, apenas 16 o 17 años. Y sin embargo, hasta ese día había considerado que la felicidad me embargaba completamente, que no necesitaba de nada más en mi existir. Creía incluso, igual que Caicedo, que vivir más allá de los 25 era un absurdo, que para entonces ya habría sido tan feliz que nada en la vida podría darme más felicidad de la que ya tenía. También entonces había leído (espantosamente, debo confesar) y había renegado de las querellas existencialistas; era un hedonista en ciernes, un nihilista en potencia. Te digo esto para que seas capaz de comprender la fuerza con la que me abatió el desgraciado mordieu aquella noche, y de allí en adelante, hasta el sol de hoy, ja.

»Aquella mañana, pues, recuerdo que observé a través de mi ventana, siempre empolvada, y por alguna razón fue la primera vez que lamenté, sin saberlo, que el cielo estuviera tan gris, tan… triste, pues hasta entonces había considerado que, tanto si llovía como si calcinaba el sol, todo lo que yo podía hacer era disfrutar, tan sincera y honestamente como cualquier animal, de lo que la vida tenía por ofrecer. Pero aquella mañana, por alguna razón me sentí hombre, y me sentí desgraciado, aunque no sabía en realidad que sentía nada de aquello.

»Paseé con mi diminuto pinscher en el parque, tan orgulloso de él como siempre, pero con una melancolía que no recordaba haber experimentado desde hacía mucho tiempo atrás, quizás remontándome hasta el tiempo de mi infancia. Y a pesar de no querer prestarle ninguna atención, podía sentir una suerte de infelicidad perpetua en el vuelo de las palomas que escapaban instintivamente del paso de las personas; podía sentir las miradas duras de los hombres, preocupados por banalidades que a mí me eran indiferentes. Podía, en fin, sentir un no sé qué muy gris, muy inerte, en el sonido de los autos, que ciertamente me inquietaba, pero que no podía describir con claridad.

» Tal vez deseaba que lloviera, no lo sé, pero lo cierto es que al regresar a mi casa el instinto me llevó a buscar consuelo entre mis bienamados libros. Y no lo tuve, claro está.

»Absorto mientras miraba el techo bajo de tablones de mi habitación, me sorprendió de repente el sonido lejano, distorsionado y difuso del teléfono que timbraba. Contesté.

– ¿Qué hubo marica? ¿Todo bien? – sonó la voz clara y excitada de ‘El Alex’, uno de mis amigos de mayor confianza y estima. En efecto, detesto el apelativo de ‘mejor amigo’, en tanto que me parece innecesariamente vago y cursi.

» Alexander y yo continuamos hablando por aproximadamente diez minutos, en los cuales las bromas y los insultos amistosos me alejaron del sinsabor que durante todo el día me había aquejado. De pronto, y tras una pausa en nuestras carcajadas Alex prorrumpió:

– Parce, ¿qué va a hacer por la noche? Porque le tengo el plan. Lo que pasa es que mis papás salieron en la mañana, y hace un rato me llamaron y dijeron que me hiciera de comer, que volvían hasta mañana porque estaban en casa de una tía, y bla, bla, bla (…), entonces pues ¡A armarnos la farra aquí, huevón!

»  Ciertamente yo ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones, de planes improvisados, de farras clandestinas, salidas de la nada en la casa de mis amigos, por lo que no me sorprendió demasiado aquella vez, no obstante, el incipiente sentimiento de mortdieu me hizo dudar por un instante de lo que estaba escuchando. Pero era un sentimiento para mí desconocido hasta ese momento, por lo que debí pasarlo por alto completamente, y acepté (aunque con cierta desgana) la invitación que me hacía Alex. Ya todo estaba arreglado vía Facebook. Aproximadamente veinticinco personas, entre hombres y mujeres, asistirían, a las 8 o 9 de la noche quizás, para honrar a los antiguos dioses del placer y la lujuria.

»  Sería estúpido creer que de alguna manera juzgo a aquellas personas, cuando yo mismo hacía parte de tal comunidad, cuando tal vez yo mejor que nadie conocía a los dioses en honor de los cuales haríamos nuestras libaciones. A quienes sacrificaría mi consciencia para dar rienda suelta a la animalidad de la que me vanaglorio. No, no los juzgo. Los envidio. Mas, al mismo tiempo los repudio.

»  Como era de esperar, yo llegué a las 6:30 de la tarde a la casa del buen Alexander, dispuesto a ayudar en la organización y los detalles que hicieran falta para el estrambótico festejo. Dime algo, ¿conoces tú el diseño de los apartamentos de Bochica, hacia el noroccidente de la ciudad? Hasta aquel momento yo había creído que el apartamento de Alex era cómodo y espacioso, pero en cuanto caí en la cuenta de la cantidad de gente que se aglomeraría aquella noche allí, tuve la repentina sensación de pequeñez que ha de experimentar un claustrofóbico en un armario. No quise, sin embargo, decir nada al respecto. El equipo de sonido era un portento de enormidad. Los parlantes principales serían de por lo menos veinte pulgadas. Los bajos sonaban maravillosamente brutales. Claro, una cosa era escuchar las guitarras distorsionadas y agresivas, las voces sinceramente desgarradas y las líricas honestamente protestantes de System of a Down; otra muy distinta sería escuchar la monotonía casi cacofónica de Wisin y Yandel.

»  En realidad, no era extraño que yo me preguntara, cada vez que asistía a uno de tales eventos “¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es lo que estoy haciendo?” en tanto que siempre me consideré como un ser verdaderamente solitario, incapaz de hablar sinceramente con más de una persona al mismo tiempo y, sobre todo, sin la más mínima intención de agradar a los desconocidos. Pues en aquel apartamento, hacia las 8:30 p.m. se encontraban ante mí casi 20 desconocidos, que nada me importaban, y a los que tampoco me importaba hacer notar mi presencia. Pero ¡Vaya si las mujeres eran preciosas!

»  Para ese momento, pues, el alcohol ya había comenzado a hermanarnos y a estrechar los lazos que nos unían a todos. La cadencia lenta y simple del reggaetón zumbaba como una molestia en mis oídos, pero el presentimiento de las firmes y generosas caderas, moviéndose sinuosa y acompasadamente, reposando bajo mis manos y separadas de estas por un jean desgastado, fue suficiente para barrer de mi mente cualquier pensamiento que estuviera en contra del placer. Allá, algunos pasos detrás de Karen, la rubia en cuyo osado tacto me estaba deleitando, tuve la primera visión que sin duda desembocaría en mortdieu. Se trataba de Alexander, hablando desenvueltamente, todo risas y ademanes confiados, en medio de una oscuridad interrumpida únicamente por el destello intenso del computador en el que se estaba reproduciendo la música. Yo conocía cada uno de sus gestos; podía saber qué era lo que estaba diciendo sin escucharlo, pero eso solo me hizo más imposible de creer el verlo humedecer la manga de su chaqueta, y verlo aspirar, un instante después, de ella, esa droga de la que hasta ese momento nunca antes había escuchado nada: el dick.

»  Unos minutos bastaron para que todos los presentes se lanzaran como buitres sobre Alex para obtener un poco de dick, y menos tiempo se necesitó para verlos a todos aspirando de alguna tela el peculiar elixir. Lo que ocurrió luego, o mejor, las visiones que se sucedieron desde entonces, no hicieron más que minar mi ingenua felicidad, demoliendo en unas pocas horas lo que había concebido como fin de mis ideales: el placer por el placer mismo.

»  Entraba en la bacanal.

»  Desgraciadamente, ya te lo he dicho: es difícil comprender a mortdieu cuando no lo has experimentado, o incluso más difícil aun si al experimentarlo no has tomado consciencia de él. Espero, sin embargo, mostrarte ahora la razón del nombre que yo, humildemente, le he dado.

»  Sabes que no soy un religioso, que hace mucho que dejó de importarme cualquier cosa que pueda llamarse Dios. Sabes que no soy un moralista, y que, si se quiere, mi único credo es la libertad, la más absoluta, brutal y desgarradora libertad. La libertad que se funda en la pasión, y que se encuentra, por lo tanto, más allá de todo bien, y de todo mal. Pero eso no quiere decir que acepte o celebre todo lo que ocurre a mi alrededor. Al menos eso fue lo que comprendí en cuanto observé la euforia dionisiaca que se apoderaba de mis congéneres tras consumir el dick; comprendí que existía un límite que era incapaz de transgredir, porque, lejos de parecerme placentera, su experiencia me parecía un vano intento de abandonarse a sí mismos a la naturaleza más básica del hombre. Sencillamente, no podía ver cuál era la pasión que se exaltaba en aquellos movimientos grotescos, en aquellos rostros dislocados de ojos apagados que por cada poro parecía transpirar una soledad…avasalladora. ¿Puedes imaginarte encerrado en una de tus más sencillas pero, por lo mismo, más crueles pesadillas? Pues eso fue lo que sentí aquella noche. No necesité ver a la cara a la muerte, ni sentir el hedor de la podredumbre, ni presenciar la miseria a la que se enfrentan millones de personas cada día para darme cuenta de la decadencia que invadía el mundo, mi mundo, pues me bastaba con ver a esas almas desaparecer, allí, licuadas en alcohol y en drogas, para poder ver a la auténtica divinidad muerta.

»Sentí nauseas, un vacío más allá de todo lo imaginable, a mi alma debatiéndose, pugnando por no ser arrastrada al abismo donde moran los demonios del placer vano y superficial, del placer mediocre. Los minutos se sucedían, y yo me encontraba presa de un estupor helado. Ahora era el Drum & Bass el que marcaba el compas al que debían moverse los cuerpos, falsamente libres, al arbitrio de su química descontrolada. La luz de la luna menguante entraba débilmente por la ventana completamente abierta. Los vapores del whisky, del aguardiente y del vino comenzaron a desvanecerse, y pienso que debí estallar irremediablemente cuando, tras ver a Alexander besar sin piedad a dos mujeres distintas, extasiadas, me miró y duró al menos medio minuto sin reconocerme y, en cuanto me hubo reconocido, dijo ,sin poder vocalizar demasiado bien: “Venga, marica, ¿ya probó?” y alzó la botella casi vacía del alcohol industrial que todos llamaban dick. Pienso que estallé entonces porque, sin decir ninguna palabra, arrastrado por no sé qué hado, salí presuroso de ese antro de decadencia, y vomité en las escaleras, sintiéndome entonces más miserable y angustiado.

»  Nunca hasta hoy había hablado de esa noche, en realidad. En parte porque no estaba seguro de que se me comprendiera en modo alguno, y en parte porque las consecuencias que trajo para mi alma han sido tan profundas y de tan difícil aceptación que yo mismo no puedo creer que así haya sido todo.

»  Con todo, he aprendido a vivir con el mortdieu latente, todo el tiempo, y he logrado negociar con él, aunque el precio siempre suele ser más alto de lo que me puedo permitir. No es porque haya querido, a decir verdad. Simplemente, de no haberlo logrado, ¿cómo podría vivir conmigo mismo y con este mundo en el que la belleza es una mera abstracción, una idealización que, según quieren ver, se materializa en todas partes menos en el alma humana?

» No me interesa moralizar. No soy tan hipócrita. Haz lo que quieras. Vive tu vida según creas que debes hacerlo. Tan solo… has de saber que matar a Dios no consiste en negarlo, ni en desdeñar de su idea. Matar a Dios consiste en despreciar tu humanidad, en sacrificar tu libertad a una existencia mediocre. Y ningún lugar es más propicio para matar a Dios que la ciudad.

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