La Montaña

Cuatro de la mañana. Suena la alarma. Debo vestirme y alistar mi equipo: El GPS, la cámara fotográfica, la libreta de campo, las tijeras podadoras, el bajarramas y los guantes de jardinería. Dentro de una hora nos recogerán, a Hernán y a mí para ir al trabajo, en medio de las desabridas montañas de Bugalagrande, donde intentaremos dar fe de una pequeña parte de su biodiversidad; intentaremos hacer un inventario tan exhaustivo como sea posible de las plantas epífitas que allí puedan encontrarse. No es que sea una tarea particularmente dificultosa, a decir verdad, pero la montaña puede ser muy caprichosa en ocasiones.

Seis de la mañana. Hemos recogido a don Néstor, nuestro vaquiano, un hombre enjuto de mirada profunda y curiosa a quien el azar o la providencia ha designado como nuestro compañero de aventuras y cuyo nombre me causa una socarrona confianza. ¿Acaso sea porque me recuerda al mayor de los consejeros y, otrora, de los héroes Aqueos? Solo fantaseo. Fantaseo incesantemente mientras nuestro vehículo se mueve a toda prisa por las portentosas carreteras del Valle del Cauca; y dejo que el aire frío de la mañana entre y golpee mi rostro, porque es lo que siempre he hecho: sentir el aire en mi rostro mientras sueño con una libertad angustiosamente ilusoria.

Ahora… Ahora son las siete, quizás las siete y media o las ocho, qué más da: es la hora, y eso es todo lo que importa. Hernán y yo echamos una mirada distraída en dirección a las montañas. Miro el GPS y Hernán me pregunta, como de costumbre, “¿Qué coberturas son?” “Bosque de galería y arbustal denso alto” replico sin apartar la mirada del GPS. Poco más sabemos del terreno por el que caminaremos hoy, y eso, aunque no lo haya dicho nunca, me mortifica de una forma singular. No porque sienta miedo o pereza de dar algunos rodeos de más. Después de todo, recorrer es en sí mismo un placer para mí. Es más bien un cierto pudor, una cierta vergüenza para con mis compañeros de trabajo, quienes deben confiar a pie juntillas en las iluminadas órdenes del GPS (para eso nos pagan) y, por extensión, en la interpretación que yo haga sobre la mejor manera de cumplir dichas órdenes. Por supuesto que mis ideas no son, ni mucho menos, las más importantes o las que deban seguirse. De hecho, me precio de intentar siempre contar con las opiniones de mis compañeros, pero, no sé qué acuerdo tácito me ha convertido a mí en el portador del GPS y, por lo tanto, en su intérprete predilecto.

“Don Néstor” digo enérgicamente, “estamos a setecientos metros del punto de hoy” ¿A cuánto podrá ser eso? pregunto para mis adentros, un poco consternado. Con el paso de los días hemos aprendido que cien metros, tal como los muestra el GPS, pueden significar casi cualquier cosa: desde un leve desplazamiento por una suave colina en cuya falda se extiende, grácil, una pradera, hasta tener que rodear una montaña, atravesar una o dos quebradas y subir un muro de lodo, agarrándonos, en el mejor de los casos, de una afortunada raíz o un tronco bienhadado y, en el peor, de alguna vara armada de aguijones y espinas, y acabar embarrados y exhaustos.

Que no se me malinterprete, sin embargo. Amo lo que hago. Amo ese sentimiento de incertidumbre, de aventura, de profundo respeto y veneración que me producen las montañas cuando las veo desde la lejanía, y de completa excitación cuando sé que me adentro en  sus caminos, en sendas vedadas para la mayoría de los mortales. Son esas emociones, precisamente, las que aspiro a plasmar aquí, si es que no es una pretensión demasiado grande.

Recuerdo ahora los primeros días, esos en los que mi corazón no se sentía acostumbrado aún a las madrugadas y los ritmos de las caminatas, esos en los que todo era nuevo para mí; un registro tras otro: bromelia, orquídea, Araceae, Passifloraceae, Cactaceae. ¿Cactaceae? ¿Un cactus de hábito epífito? No sé porqué no me lo termino de creer. Su apariencia es extraña, sin dudas, similar a un licopodio colgante, pendular. Sus tallos delgados y resistentes son completamente lisos, sin rastro de espinas; solo sus flores, pequeñas, blancas y delicadas me obligan a admitir mi ignorancia y a aceptar lo que no era capaz de imaginar. No sé, sin embargo, por qué me costó tanto trabajo verlo en ese momento. ¿Sería arrogancia? No sería , ciertamente, la primera vez que me ocurre, y no obstante, es precisamente esa la razón de que haya elegido a las plantas como mi grupo de interés: porque siempre están dispuestas a derrumbar todos mis prejuicios, todo lo que creía cierto, a burlarse de cualquier regla que intentemos imponerles. Las plantas son seres que hacen fotosíntesis, se dice, pero hay familias enteras de ellas que han perdido del todo esa capacidad.

Seres sutiles, silenciosos, cautos… sabios… Hace tiempo que las plantas han dejado de ser un mero elemento del paisaje para mí. Cuando observo una plántula abriéndose paso, lenta, muy lentamente, a través del sotobosque, hacia la inmensa y preciada claridad del cielo, casi puedo sentir su anhelo, su inquebrantable voluntad de vivir, en nada distinta de la mía. ¿Habré enloquecido? No, sé bien que nunca he visto lo que he querido ver, y esa, estoy convencido, es la única auténtica locura. El mundo es lo que es, y ellas están tan vivas como yo lo estoy, carajo. ¿Son distintas? Por supuesto, maravillosamente distintas. No tienen ojos, pero sin duda conocen mejor que nosotros el valor de la luz.

Caminamos. Concluimos que, probablemente, los setecientos metros de los que hablaba correspondan a las dos montañas que vemos en el nororiente. Creemos ver un camino en sus faldas y decidimos que esa ha de ser la mejor ruta. Subimos una colina que no ha de superar los cincuenta metros de altura y en cuya cima pacen tranquilas varias reses. Se ahuyentan con nuestra presencia. Sus miradas negras y profundas están llenas de suspicacia. Somos los intrusos. Desde la cima de la colina cambia nuestra percepción del paisaje, tal y como esperábamos. Abajo vemos un bosque de galería que serpentea conforme la base de las montañas. “Don Néstor, ¿ve camino para atravesar ese bosque?” pregunta Hernán tras unos segundos. “Pues por allá abajo se ve como un metedero” dice mientras describe con el machete un zigzag que señala el camino tentativo. “Vamos a ver qué pasa, ¿no es cierto?” y se pone en marcha el primero; nosotros le seguimos acto seguido, expectantes.

Tenemos suerte, y un camino de vacas nos guía a través del bosque hacia la falda de la montaña. Aún estamos a medio kilómetro de nuestro destino. Bordeamos la montaña hasta que se hace inevitable subirla. Al otro lado está el bosque de galería, y en la siguiente montaña está el arbustal que debemos registrar. Un ascenso exigente. Ahora yo tomo la delantera. Encuentro mi ritmo antes de que mi corazón se acelere más de lo normal. Evito mirar hacia arriba porque no quiero saber cuánto más debo subir. Simplemente subo. La ropa empapada de sudor se pega a mi cuerpo y siento frío. Pasan los minutos. Me olvido casi por completo de Hernán y de don Néstor. Sé que si los espero no volveré a recuperar la fuerza ni el ritmo que necesito para subir. De alguna manera siempre he sido así: a mi ritmo, más lento o más rápido, pero no puedo seguir a nadie más que a mi propio corazón. Preferiría devolverme cinco o diez veces antes que pararme a esperar. Alcanzamos al fin la cima, tras veinte minutos más o menos. Nos paramos a descansar. Particularmente don Néstor se tira al suelo y hace gestos exagerados de cansancio. Solo juega. Tomamos agua y evaluamos nuevamente el curso. Pronto llegaremos, pero debemos bajar ahora la montaña por el otro lado, por donde no existe camino alguno para hombres.

Afortunadamente no está excesivamente inclinado y podemos bajar de pie la mayor parte del tiempo. Algunas malezas, lianas y enredaderas nos cierran el paso por completo, pero a fuerza de machete y paciencia abrimos el camino. Ahora serán las diez de la mañana. Hemos llegado a nuestro primer punto de muestreo. Inmensos e imponentes árboles nos rodean por doquier. Y sin embargo, es este un bosque de galería relativamente joven. Don Néstor nos cuenta que él ha participado en la reforestación de este y otros muchos bosques de la región. “Los de las fincas quieren proteger los nacederos” nos dice distraídamente mientras afila el machete, sentado. Aguacatillos, ceibas y tachuelos son los árboles predominantes. Hay algunas otras Sapindaceae cuyo nombre no conoce Néstor, ni yo, por supuesto. Tiendo la parcela utilizando el GPS y seleccionamos los árboles que vamos a muestrear.

Comenzamos nuestro trabajo. Sin decir una palabra Hernán y yo nos separamos; él saca la tablet, mientras que yo saco la libreta y el lápiz, y la cámara fotográfica, y el metro de costura. Su labor, si bien es una sola, es mucho más demandante en tiempo que las mías, porque mientras que un árbol puede tener, con suerte, siete especies distintas de epífitas vasculares (en términos simples, plantas con flores más helechos), al menos tendrá quince o más especies de epífitas no vasculares (todas esas costras sobre el tronco, todos los musgos y demás plantas miniatura). Por lo tanto, en lo que Hernán muestrea un solo árbol yo puedo muestrear cinco o más. Así, pues, voy avanzando, árbol tras árbol, descubriendo un mundo, un ecosistema completo en cada uno de ellos. Veo las hormigas que desfilan en sus ramas transportando sobre sí mismas pesadas y valiosas cargas. Veo los nidos de las aves que protestan por nuestra presencia en una algarabía sin precedente. Y también veo los despóticos rastros del machete…

Los culclíes y las guacharacas no dejan de gritar. Don Néstor menciona que la carne de guacharaca es de las mejores que ha probado. No es la primera vez que le oigo referirse en ese tono respecto a las criaturas que habitan el bosque. En días pasados nos ha confesado, sin asomo de orgullo ni de arrepentimiento, que ha vendido pericos y loros silvestres al mejor postor. No es gratuita, de ninguna manera, su experiencia y su experticia en el monte. Y aunque me causa cierto recelo escuchar dichas historias, no lo juzgo… Pues creo que he matado yo más pericos en toda mi vida de consumo de carne que él.

He nacido en un mundo de profundas y arraigadas contradicciones, donde lo único que deseamos aceptar como cierto es el ilimitado poder que somos capaces de ejercer sobre la realidad. Y sé, aquí en medio de este pequeño bosque rodeado por potreros para ganadería intensiva, sé que eso no es más que una triste ilusión. Porque nunca han habido dioses a los cuales complacer o superar.

Encuentro, luego, una pequeña orquídea sobre la rama de un guácimo. Increíblemente se encuentra con flor. Es una Dimerandra, aunque no tengo idea de la especie en concreto. Es un espectáculo para la vista. La flor es lila y aplanada, con el labelo ensanchado como una gruesa lengua y los demás pétalos delgados como lanzas. Por esto hemos venido hasta aquí. Después descubriríamos que se trata de Dimerandra buenaventurae, una orquídea endémica del Valle del Cauca. Supongo que hablar de belleza es como adentrarse en una oscura caverna de la que no sabemos nada: solo el instinto y la fe pueden guiarnos, aunque nunca de una manera precisa, mucho menos hacia alguna certeza. Pero lo cierto es que, más allá de buscar una utilidad objetiva y material en la naturaleza, el mayor valor que podemos extraer de ella es su belleza, el goce intrínseco de atestiguar el único milagro verdadero: la vida. Todo lo demás son sofismas y divagaciones.

Al fin terminamos este, nuestro primer punto el día de hoy. Partimos al siguiente, cuyo recorrido no es la mitad de exigente que el anterior. Y sin embargo, ahora nos encontramos muy lejos de la camioneta que nos trajera en la mañana. El sol de mediodía se pronuncia, cansino y despiadado. Devolvernos por donde llegamos se antoja imposible, y justo cuando creemos no tener otra opción, aparece uno de los vaqueros de la finca por el otro lado de la montaña, montado sobre su magnífica mula gris.

“Amigo”, le grita sin prisa Néstor al vaquero, “Para llegar a la carretera aquella, ¿por dónde nos vamos?”. El vaquero se detiene y medita sonriente un momento. “Les toca bajar al lago de allí adelante y luego subir por ese filo, rodeando, rodeando hasta salir a esa otra loma”. Hernán y yo seguimos con incredulidad la explicación del vaquero. Esas son entre seis y siete montañas de camino. Unas 3 horas aproximadamente. “¿Y por aquí por el bosque no hay forma de bajar?” replica Néstor. “¡No! Si eso allí más abajito hay un voladero ni el hijuepuchica” dice el vaquero, sin perder la sonrisa. Entonces se va, dejándonos a nosotros con el rostro ensombrecido por la difícil decisión que enfrentamos.

Tras algunos minutos de discusión, Don Néstor nos convence de abrir camino por el bosque. “Serán por ahí doscientos metros de bosque y salimos allí al peladero de esa montaña, donde estábamos esta mañana” dice decidido. Evidentemente cansados, Hernán y yo apoyamos la idea. Entre menos caminemos, mejor, pensamos ingenuamente. Y en seguida nos ponemos en marcha.

No pasa mucho tiempo antes de vernos obligados a abrir camino con el machete, y a medida que descendemos, el bosque se hace más y más denso, poblado completamente por bejucos y enredaderas que dificultan hasta la visión del suelo. Es inevitable sentirse atrapado aquí. El sol del mediodía ha desaparecido y en su lugar solo ha quedado la sombra de las guaduas y otros árboles que, como pilares, parecen sostener el firmamento. Es muy fácil desorientarse en medio de un bosque, donde cualquier rama puede ser similar a otra y donde las ondulaciones del terreno hacen imposible caminar en línea recta. Todavía más: el GPS, bajo este espeso dosel se torna completamente inservible. Poco a poco, a medida que nos adentramos en lo desconocido, nos encontramos irremediablemente abandonados a nuestra suerte. Y es la primera vez que tengo este sentimiento tan ominoso y confuso.

En días pasados ya nos habíamos perdido en otra montaña por culpa de la lluvia. Entonces también nos encontrábamos a más de una hora de la camioneta, y encerrados en un bosque rodeado completamente por montañas. Empero aquel bosque no era ni mucho menos tan denso como este, ni las montañas que lo rodeaban eran tan altas o tan empinadas. De ese día recuerdo sobre todo la desesperación que expresaba Don Néstor al sentirse extraviado. Ahora era mucho peor, y en cada machetazo puedo notar cómo pierde la calma, poco a poco. “¿Adónde vamos? No lo sé” dice “Pero de que salimos, salimos de este monte”.

Luego de subir otra cima, nos damos cuenta de que debemos volver a bajar, y subir luego de nuevo, así que Néstor aconseja seguir simplemente la quebrada de abajo hasta que nos lleve a la base de la montaña que buscamos. Suena razonable, sobre todo en vista de que ya antes hemos seguido ese plan, en días anteriores, cuando bajamos una montaña que luego fue imposible volver a subir. Y sin embargo, las condiciones eran muy distintas: en ese río teníamos plena certeza de que nos conduciría adónde necesitábamos, y sabíamos también que no era un río accidentado. De esta quebrada no conocemos nada.

Así que Néstor nos toma la delantera, subiendo y bajando a los estrechos márgenes de la quebrada para sortear los múltiples obstáculos que en ella aparecen: árboles caídos, guaduas cruzadas, pozos profundos. Mas nosotros, Hernán y yo, no tenemos la habilidad de él, y avanzamos lentamente, con resignación. Don Néstor nos grita desde varios metros delante de nosotros para saber cómo vamos. Cada vez es más insistente en apurarnos hasta el punto de regañarnos. Está desesperado por salir, lo sé. Pero de nada sirve la desesperación en un lugar como este, lo sé claramente. Hernán se resbala delante de mí y cae en un pozo que le da a la cintura. Pierde la calma y grita con rabia “¡Jueputa!”. Yo respiro profundo. Mantengo la calma e, impasible, me sumerjo luego en el pozo, tranquilamente. ¿Qué más puedo hacer? Pienso sin asomo de ira. Hace rato que dejó de importar el cómo; todo lo que importa es salir.

Seguimos avanzando, hasta que lo que tanto temía se hace realidad: nos enfrentamos al “voladero” del que hablaba el vaquero. Se trata de un abismo de unos diez metros de alto dividido en dos secciones: la primera, la más alta, es una caída de poco más de tres metros de alto, en la que podemos bajar sin mayores complicaciones gracias a la gran cantidad de raíces que sobresalen, casi a modo de escalones, hasta la siguiente sección, que es una roca casi completamente vertical por la que desciende la quebrada hasta un pozo de profundidad indeterminada. ¿Cómo carajos vamos a bajar por ahí? No lo sé, pero de que bajamos, bajamos. No tenemos más opción. Solo espero no tener que terminar la caminata con algún miembro fracturado.

Lo pienso por una experiencia previa: hace tiempo, en una caminata recreativa a unas cascadas en Granada, Cundinamarca, en un momento determinado el suelo bajo mis pies cedió por completo y yo caí de cabeza un par de metros más o menos, justo al pie de la cascada. Ambos huesos de mi muñeca derecha se fracturaron y tuve que caminar durante cuatro horas hasta la carretera más cercana. No fue la mejor experiencia que haya tenido, así que no deseaba repetirla ahora.

Observé tan exhaustivamente como pude la manera en la que Néstor bajó la roca. Allí donde ponía sus pies y sus manos, allí yo también los pondría. O quizás no. En cuanto puse un pie en la piedra comprendí que mis miedos me superaban. Las piernas me temblaron. Quise quedarme allí, en esa minúscula plataforma para siempre. ¿Qué diablos me pasa? Hernán baja sin mayores problemas, aunque con el rostro hecho una mueca de terror. ¿Cómo no voy a poder yo? Me siento sobre la roca y empiezo a bajar lentamente, como una araña acechante. Un paso. Otro más. Y de repente mi mano derecha se resbala de la hendidura en la que la tenía apoyada. “¡Mierda!” grito horrorizado. Hernán, desde abajo, voltea a mirarme, y pone sus manos en su cabeza, asustado. Y cuando creo que todo ha terminado para mí, logro alcanzar una gruesa liana que colgaba a mi derecha. ¡Vaya suerte! Con el corazón en la garganta termino de bajar sin ningún problema. Y tras media hora más dentro del bosque llegamos al fin al claro del que hablaba Néstor. A partir de allí el camino es el mismo que seguimos anteriormente.

Dos de la tarde. Hemos llegado al fin a la camioneta. Y tras quince minutos en la trocha, pasamos por un derrumbe de días anteriores en el que, por azar o por destino nos encunetamos. ¡Vaya día! Como dije en un principio, en ocasiones la montaña puede ser muy caprichosa, pero supongo que es ese carácter impredecible y azaroso el que reviste de divinidad a estas portentosas e imponentes figuras. Es en la osadía o la imprudencia de adentrarse en ellas donde reside la aventura y la excitación de contar sus historias y de mostrar sus fotografías. Sé que no importan los percances ni los infortunios que soporte en sus faldas y sus cimas, pues allí regresaré, una y otra vez, para adorar a mis caóticos dioses: la libertad y la belleza.

Anuncios

2 comentarios en “La Montaña

  1. Trabajo hace más de 4 años específicamente en este tema , al leer tu relato pude hacer una retrospectiva de la vida que decidí siendo Biólogo epifitólogo, y me conecto completamente con tu sentimiento y pienso que sí volviera a nacer elegiría lo mismo, gracias por compartir tus vivencias es bueno saber que otros tienen sentires similares y ven la vida con los ojos del alma.

    Le gusta a 1 persona

    • Muchas gracias a ti por tu comentario… Siempre he creído que quienes elegimos esta carrera, este estilo de vida, lo hacemos motivados por una sensibilidad única hacia las distintas formas de vida, aunada a la siempre creciente sed de aventura que nos arrastra a querer conocer lo que hay más allá… Y al mismo tiempo a protegerlo… Es un gusto y un honor saber que los sentimientos aquí plasmados pueden conectarse con los sentimientos de otras personas…
      Un saludo!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s