Hacia la D.C. (Digital City)

(Cuento publicado en la Revista Phoenix No 16, del Dpto de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia, dedicado a la Ciencia ficción, en abril de 2016).

Rob decidió bloquear todas las frecuencias de recepción de sus implantes cocleares luego de que el tercer propagandista invadiera sus pensamientos con sus monótonas arengas. En realidad, sabía que todos cuantos pudieran hacer lo mismo, ya lo habrían hecho, pues los bogotanos simplemente se habían acostumbrado a escuchar solo aquello que les importaba. Fijó entonces su mirada en la ventana del metro y, al ver su ceño fruncido reflejado, no pudo evitar sentirse algo ridículo. “Carajo, y todavía faltan diez minutos más. Definitivamente Suba queda en la mierda”. Pero al menos la espera, según creía, valdría la pena.

Entretanto, Hilda aguardaba sentada en medio de las tinieblas de la sala de su apartamento. Harían ya cuarenta minutos desde que se pusiera el pequeño cartón impregnado con LSD bajo el párpado, y las alucinaciones ahora se hacían cada vez más intensas. Sin embargo, no eran dichas alucinaciones algo que le provocara un verdadero placer, pues esta droga primitiva, según se daba cuenta, no dejaba lugar al libre control de los estímulos cerebrales o, en otras palabras, no permitía los sueños lúcidos y vívidos que a ella tanto le gustaban y que drogas más sofisticadas, como la INH-3, garantizaban.

Ahora podía recordar el último de sus sueños, mientras intentaba traer de vuelta la extravagante sensación de gravedad cero que había experimentado en la inmensidad del vacío astral. Ah, ese frío cruel y casi mortal que tuvo que luchar contra el intenso calor de pesadilla que emanaba Cirio al acercarse, tras su azulada luz. Y al final, solo las suaves y diáfanas luces anárquicas de una interminable nube de gas interestelar. Quizás fuera Magallanes, o quizás fuera el Cangrejo, pero lo cierto es que a Hilda le gustaba fantasear con que había sentido el peso de los Pilares de la Creación sobre su corazón. ¿Cómo saberlo? “Después de todo – pensaba-  una consciencia humana nunca podría abarcar la verdadera grandeza del Universo”. El sonido del timbre la sacó de su ensimismamiento, y le pareció que las ondas vibrantes penetraban por cada uno de sus poros, como una densa espuma que lavaba su tersa piel de durazno. Sintió escalofríos.

–Casi que no llegas, cabrón– dijo Hilda con un tono ecuánime, casi con aburrimiento.

–Ah, ¿y comenzaste ya? ¿Sin mí?– Rob la miró de arriba a abajo, fijando su atención en sus pupilas dilatadas hasta el extremo de casi ocultar su particular iris grisáceo.

–Todo bien que ahí queda un montón de esa… basura. Pasa que no nos queda mucho tiempo.

Rob penetró lentamente en las tinieblas del apartamento. Afuera comenzaba a llover, tímidamente, como en casi todas las madrugadas del último mes. Antes de que pudiera descargar su maleta, Hilda invitó a Rob a seguir hasta su habitación, de la que emanaba el único débil resplandor.

–Comenzaste ya la compilación, por lo que veo– dijo Rob al acercarse al antiguo monitor LCD que pendía en la pared.

–En realidad ha resultado mucho más difícil de lo que habíamos imaginado. Simplemente es como si el sistema de archivos fuera incompatible. Ya lo he intentado todo. Estoy mamada–. Hilda se arrojó a la cama sin aliento, sintiendo cómo su grácil cuerpo se mecía delicadamente en el aire, esperando el momento en el que ella misma se convirtiera en aire y dejara de necesitar del maldito compilador.

Las teclas comenzaron a resonar bajo los pesados empero ágiles dedos de Rob. Pensativa, Hilda se percató de lo mucho que detestaba observar la espalda encorvada de Rob cuando se sentaba frente al computador. Imaginó que Rob bien podría ser, en aquella posición, un difamado alquimista de los de antaño, intentando encontrar la fórmula adecuada que le desvelara el secreto de la Piedra Filosofal. De hecho, básicamente eso era lo que entre los dos estaban intentando desde hacía años. Atrapados en la búsqueda de un monolito digital que los arrastrara, si no a la vida eterna, al menos a la eternidad de la no-vida, lejos de la parodia en la que los bogotanos habían convertido la existencia.

–No, marica, los ficheros son demasiado inestables. El sistema mismo es inestable. Pero no existe otra forma–. Rob giró sobre la silla y se rascó los ojos, frustrado. Tras unos minutos de mirar a Hilda en la oscuridad espetó: –¿Y lo mío? ¿Me va a embolatar mi cartón, o qué?–. A continuación, ambos dejaron escapar la primera carcajada que se escuchó esa madrugada en el apartamento de Hilda, aunque no la última, sin duda.

–Disculpe, señor. Lamento interrumpirlo tan pronto en la mañana, pero detectamos hace algunos minutos una nueva intromisión no autorizada–. Alberto Durán, director de seguridad e inteligencia digital del Distrito 11 apenas si acababa de despertarse cuando recibió una llamada del CSID. –Doce de los sistemas de encriptado han sido deshechos en menos de cinco minutos y todavía nos resulta imposible detectar la dirección aproximada del ataque.

–¿Cuál ha sido el daño?– preguntó tranquilamente el director.

–En realidad, señor, eso es lo más extraño de todo: no ha habido daño alguno más allá del sistema de seguridad mismo. Pero se encuentran expuestas las redes de comunicación, el sistema de defensa militar y los archivos de contabilidad del distrito.

–De acuerdo– dijo Alberto, tras una larga pausa–. Salgo para allá inmediatamente. Por ahora, intente cambiar el protocolo principal a QC9-02.

–Pero, señor, la infraestructura necesaria aún está en fase de pruebas.

–Pues es este el momento de probarla– y Alberto bloqueó la frecuencia de su implante coclear para evitar recibir nuevas llamadas.

–Aaagggh, ya es la hora– dijo Hilda mientras se desperezaba al tiempo que le daba algunos golpecitos secos a Rob para que se despertara también. La mañana resplandecía de una manera casi mágica. Rob observó en silencio la manera en la que Hilda se acercó felinamente a la ventana, con su larga melena de azabache, ondulada como un oscuro mar indomable, cayendo sobre su fina espalda desnuda. Se sintió maravillado. “De acuerdo”, pensó Rob, luego de que una enorme nube gris cubriera momentáneamente el sol, “es ahora o nunca”, y acto seguido se sentó nuevamente frente al computador. Hilda acercó a su vez una de las sillas de su moderno comedor de madera auténtica.

El resultado, en contraste con la noche anterior, ahora era alentador: habían logrado al fin desarticular la red de seguridad informática más desafiante de la ciudad. Pero apenas era el comienzo. Pues, a Rob e Hilda lo que menos les importaba en el mundo era intervenir en la cochina y mundana vida de los otrora capitalinos. No. Bacatá, la fértil tierra de labranza, estaba completamente seca, estéril, sin nada que ofrecerle a ese par de soñadores cuyo único fin era volver a soñar, y permanecer en el sueño definitivo, indefinidamente. Y ahora sabían que ese sueño estaba al alcance de unas cuantas líneas más de código encriptado.

–Han sido diez ataques en un mes, señor. Pero el último ha sido singular. Literalmente nos ha dejado desarmados, sin ninguna pista y completamente en ridículo.

–¿Qué hay del protocolo QC9-02?– El director, Alberto, miraba fijamente la pantalla roja parpadeante que indicaba una falla de seguridad crítica.

–Se está cargando, pero el resultado aún resulta imprevisible.

Alberto posó su mano en su mentón afeitado y respiró profundamente, con impaciencia. –Un café. ¡Tráigame un maldito café!– Ordenó intempestivamente. Y cuando el joven muchacho que lo había acompañado durante todo ese tiempo se hubo retirado, apresurándose a buscar el extraño pedido, Alberto Durán imaginó que probablemente este sería el preludio de un ataque terrorista como los que hacía pocos meses habían asolado Río de Janeiro o Hong Kong. Pero, ¿por qué motivo? Después de todo, los principios que regían la ciudad ahora no eran incompatibles del todo con las ideologías de los extremistas islámicos; la filosofía del consumo había sido desterrada ya varias décadas atrás, y Bogotá subsistía apenas con los recursos que eran estrictamente indispensables. ¿Qué debía hacer?

Doce sistemas dañados y sin posibilidad de reparación; solo el sistema de salud trabajando mediocremente. No tardaría mucho antes de que se sintiera el caos en la ciudad. ¿Y si activaban los drones militares? Bogotá podría ser arrasada en el plazo de dos días. La última esperanza radicaba en el protocolo preliminar QC9-02 de cifrado cuántico, cuya eficacia descansaba en una robusta infraestructura de transmisión fotónica aún en fase de pruebas. Naturalmente, en otros lugares del globo esta tecnología ya había probado con creces su completa funcionalidad, y era parte del día a día de dichos lugares desde hacía tiempo, pero la Guerra y el bloqueo comercial, al cual se había sometido Sudamérica tras las estruendosas revoluciones de mitad de siglo, fueron responsables de que apenas en el 2070 pudiera ser ensamblado el primer computador cuántico de la ciudad.

–Necesitamos estar alerta, idiota–. dijo Hilda mientras se quitaba de encima a Rob y volvía a su silla frente al computador. –En cualquier momento lo activarán, y sabes tan bien como yo que esa será nuestra única oportunidad–. Rob miró detenidamente su reloj.

–Pues, a juzgar por las lecturas, aún nos quedan veinticinco minutos de diversión–, bromeó mientras se apuntaba el pantalón y se acercaba a la pantalla LCD. –Pero, de acuerdo, de acuerdo, comencemos de una vez. Solo relájate y disfruta–. Hilda encendió un cigarrillo sintético y apuró las bocanadas. Sus nervios iban en aumento. Repasó al menos cuatro veces el código fuente y la compatibilidad dinámica de los ficheros. Se imaginó nuevamente explorando el espacio sideral, para siempre.

–Señor, – el joven muchacho dejó en una esquina de la consola el café – se ha detectado un error de compilación en el protocolo. El origen es desconocido, pero hay motivos para creer que ha sido causado remotamente.

Alberto se apresuró al sótano donde se encontraba la QC0004, y echó una ojeada a las pantallas. El código parecía singularmente errático, como si alguien lo estuviera modificando en tiempo real.

–¡Rápido! ¡Tenemos que detectar la fuente! ¡Activen los nanodrones de hipersensibilidad electromagnética!

–¡Carajo!– Gritó Rob mientras se golpeaba la cabeza contra la pared a su izquierda. –No, no, no puede ser… ¡Lo repasamos un millón de veces! Y la cagamos.

–¿Qué pasa?– Preguntó Hilda desconcertada. Rob le enseñó su reloj. Una débil señal roja en la esquina superior izquierda indicaba la actividad de los nanodrones.

–¡Nos pillaron, jueputa! ¡Eso pasa!

–¿Y no los puedes desactivar?– la preocupación de Hilda contrastaba con su belleza infantil.

–¿Y detener el copiado de nuestro sueño? ¡Ni por el putas!– Rob se pasó las manos por sus sienes rapadas y se rascó los ojos enrojecidos. –Tenemos que abrirnos. Quizás alcance a copiarse. Faltan apenas dos Tb. y medio. Podría demorarse veinte minutos o media hora. Y no parece que la estén intentando detener.

–Pues claro, es obvio. Solo mientras existe la conexión nos pueden rastrear. Más bien alístese en vez de estar hablando pendejadas.

–¿Suba? ¿Están seguros?– El director se hallaba atónito ante el resultado de la pesquisa de los nanodrones.

–Es posible que la señal se redirija desde allí a través de los satélites, señor. Pero aún no se ha confirmado.

–¿Qué tan grande es el radio de búsqueda?

–En realidad es muy pequeño, señor; apenas un edificio, en Campanella, por la carrera 92.

–¿Y qué están esperando para mandar al equipo de búsqueda?

Rob se acercó a la ventana. Tres pisos más abajo se veían, cruzando la esquina, dos camiones blindados del CSID. El copiado estaba en su fase final, pero ahora estaba seguro de que no podría saber si se había copiado o no antes de salir de allí. Hilda echó un pesado y envejecido mantel sobre la torre del computador, bajo el escritorio, y a continuación cerró con llave la habitación. Sabía que todo aquello resultaría inútil en cuanto los policías entraran allí, pero esperaba que les diera algo de tiempo. Entonces comenzaron a oírse los pasos acelerados del escuadrón que subía. Rob se agitó, y recordó que bajo el grueso tapete oriental de la sala existía un portón que habían improvisado, para una emergencia como aquella, y que los llevaría al apartamento de abajo, que, según sabían, se encontraba en venta desde hacía meses.

Sin perder tiempo, Rob enrolló el tapete lo más rápido que pudo, y forzó el pequeño portón en el piso con un pequeño cuchillo que siempre llevaba atado al cinturón. Los policías se acercaban. Rob empujó a Hilda primero, sin ninguna delicadeza, pero ella se las arregló para caer sin hacer el menor ruido. Luego, la siguió Rob, pero mientras volvía a desenrollar el tapete, escuchó el primer forcejeo de la puerta del apartamento y al primer policía gritar: “¡Abra, policía, sabemos que está aquí!” En el apartamento del segundo piso, Rob e Hilda esperaron ansiosos a que los policías ingresaran en su apartamento, y cuando creyeron estar seguros de que así había sido, bajaron las escaleras del edificio, solo para encontrarse con otros dos policías a la entrada del mismo. En realidad, el edificio se hallaba cercado y vigilado por una patrulla de quince hombres, distribuidos en un perímetro de cien metros a la redonda.

Rob miró su reloj.

–Quédate atrás, Hilda– dijo en un hilo de voz.

–¿Qué piensas hacer, cabrón?

–Tienes suerte de no tener maricadas en las orejas– se burló Rob mirándola a los ojos. La besó delicadamente. Entonces avanzó hacia la puerta mientras interactuaba con su reloj de pulsera y en cuanto abrió, el sonido de los gritos de una muchedumbre alarmó a Hilda. Arriba, en su apartamento, al igual que en muchos otros, una miríada de personas gritaba aterrorizada por el dolor que le había causado la repentina sobrecarga de sus implantes cocleares. En efecto, cuando Hilda salió, observó en el rellano de las escaleras a Rob tirado y luchando por no rendirse al indescriptible dolor.

Pero Hilda no perdió el tiempo. Sabía que debían escapar cuanto antes. Así que ayudó a Rob a ponerse en pie, y sacando de su bolsillo algunas pastillas, le metió a la fuerza un poderoso analgésico en la boca. De este modo, Rob logró controlarse un poco, caminando como un borracho pero consiguiendo escapar ante la horrorizada mirada de los policías.

Sin saber adónde ir, Rob e Hilda tomaron el primer metro que pudieron, con dirección a Soacha, lo más lejos posible del maldito Distrito 11.

–Hey, ¿estás bien?– preguntó Hilda con consternación, ante el precario estado en el que se encontraba Rob. –¿Estás bien? ¿Me escuchas?– Pero Rob no le respondía. Entonces Hilda lo sacudió fuertemente, hasta que consiguió despertarlo, y Rob la miró con una sonrisa idiota en el rostro. Él pudo ver que ella movía sus delicados labios rosa mortecino, pero entonces cambió su expresión al percatarse de lo que había ocurrido.

–Perdóname– comenzó a sollozar. –Perdóname porque ya no podré volver a oír tu voz– y se echó a llorar como un niño sobre su regazo.

La noche comenzó a caer nuevamente cuando Rob e Hilda salieron de la estación subterránea de Soacha, y observaron a lo lejos los edificios inmaculadamente blancos de la traicionera Bogotá. En contraste, a su alrededor podían distinguir los viejos edificios de ladrillo rojo que en otro tiempo dominaran sobre la Sabana. Hilda pudo oír las sirenas a lo lejos. El viento frío prometía una nueva y cruda lluvia aquella noche. Rob se ofreció a llevar la maleta de Hilda, y en cuanto esta se la dio, Rob preguntó, bromeando: –¿Pero qué es lo que cargas? ¿Rocas?–. E Hilda entreabrió la boca con una sonrisa para responder, pero antes de decir nada, abrió su maleta y sacó de ella el primer tomo del Quijote de la Mancha, tan viejo y desgastado como los edificios que veían alrededor. Abrió la portada, y en ella Rob pudo leer:

“Porque en verdad solo hace falta un sueño… para sentirnos auténticamente vivos. Rob”.

–Y lo cumpliremos. Te prometo que lo cumpliremos.

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